Taxi Gourmet - Layne Mosler
Starbucks, Boca, Clásica y Moderna
Me bajo del colectivo de un salto cerca de la estación de trenes de Constitución, un barrio del sur de Buenos Aires que es mala idea explorar de noche, pero que es fantástico para comprar comida Paraguaya en las calles de día.
Pero no estoy buscando almorzar.
Ya que para fines de mayo la cadena Starbucks abrirá su primer local en Buenos Aires en el shopping Alto Palermo, la aventura de hoy se centra en el café. Será una búsqueda de aquellos cafés porteños atmosféricos que desafían la estandarización – y que se atienen a la visión estereotipadamente romántica que tengo de la ciudad.
A pesar de las modas globales, un ritmo de vida más acelerado y el éxito de las cadenas locales como Havanna y Café Martinez, la cultura del café en Buenos Aires sigue prácticamente intacta.
Pero ahora, con la llegada del más poderoso gigante del café de los Estados Unidos, hasta las cadenas locales tiemblan en sus zapatos. Por dar un ejemplo: tanto Havanna como Café Martinez recientemente empezaron a ofrecer café para llevar en tazas de papel con tapa que permite tomar un sorbo por la calle.

Mientras tanto, los foros de la comunidad extranjera en Buenos Aires explotan ante tantas expectativas. Aunque algunos se entusiasman con la posibilidad de tomarse un frappuccino debajo de la Cruz del Sur, otros consideran que la llegada de Starbucks es otro signo del fin de la Argentina como la conocemos.
Con el espíritu de una especie de antropóloga, me debato entre las dos posturas, tratando de entender toda esta furia alrededor del café. Por un lado, pensar que la ciudad estaría dándole cabida a la homogenización que Starbucks representa me rompe el corazón. Por el otro lado, ¿por qué debería Buenos Aires quedarse estancada en mis estereotipos románticos? ¿Qué acaso no tiene el derecho de participar de la economía global como prefiera?

Me pregunto esto mientras me cuelgo la cartera en el hombro y exploro las calles alrededor de la estación Constitución, donde suena la cumbia desde el interior de los locales, donde las veredas están llenas de kioscos improvisados, donde la economía informal es ley y donde Starbucks (o cualquier otra cadena) está a un mundo de distancia.
Me acerco al primer taxista que encuentro y le pregunto dónde puedo tomar un buen café. Se me queda mirando atónito (no lo culpo) y me señala un local de comidas rápida que ocupa casi una manzana.
-Tienen café ahí,- me dice.
-Pero…
-Ya me estoy yendo a mi casa, niña. Ahora no la puedo llevar a ningún lado.
Sin que me afecte la negativa, paro un taxi en la esquina de Salta y Juan de Garay, me subo al asiento trasero, y le explico la consigna a un conductor de mi edad.
-Yo tomo café en la estación de servicio,- me dice, – pero podemos ir a algún lugar lindo y tomar algo si querés.
Le echo un vistazo a su anillo de casado y me escapo, decidida a probar suerte con los taxistas sobre Avenida Entre Ríos.
Llamo al taxi n°3 al notar la gastada bandera argentina montada en la puerta del lado del conductor. Mientras me acomodo en el asiento trasero le cuento sobre mi búsqueda. Baja el volumen del partido Boca-Racing que suena en la radio.
-Yo tomo café en la estación de servicio,- me dice el taxista canoso.
Claro.
¿En que estaba pensando? ¿Cuándo podría un taxista darse el lujo de sentarse con un diario en algún café tradicional para ver pasar las horas?
-Está jugando Boca, ¿sabés?- me dice el taxista, al verme tan desanimada, – la clase de lugar que buscas ni debe estar abierto ahora.
Tiene razón. Y de repente, me entusiasmo.
Sí, mi aventura ha fracasado. No, no he descubierto la escondida joya de barrio que buscaba, pero me topé con algo que la llegada de Starbucks jamás podrá cambiar: la pasión local por el futbol y el ritual que la rodea.

El taxista n°3 para el auto en la esquina de Córdoba y Callao y me desea suerte en mi búsqueda. Y casualmente me deja a media cuadra de Clásica y Moderna.
Clásica y Moderna fue fundada en 1938 y fue declarada como sitio de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad en el 2004. Este café / librería comenzó como un punto de encuentro para escritores y políticos.

El lugar tiene todas las características de un café emblemático: ladrillo a la vista, luces bajas, tango como música de fondo, mesas de madera rústica, un piso ondulante, mozos ancianos y una polvorienta librería en la parte de atrás.
Entro a esta burbuja que es Clásica y Moderna. Me zambullo feliz en mi café con leche y me paso la tarde inmersa en mis fantasías realizadas. También trato de dedicir que fue lo que más me horrorizó: el hecho de que los taxistas solo pueden permitirse café de estación de servicio, o que este lugar esté abierto durante Boca-Racing.
