Taxi Gourmet - Layne Mosler
Pasión y Pizza: el Viaje a San Antonio
-¿No me vas a invitar a comer con vos?
-Solo si es un almuerzo y nada más,- dije.
-¿Sin besos?
-Sin besos.
-¿Ni siquiera uno en la mejilla?
-Va a ser así,- dije, -almorzamos. Yo me voy a casa en colectivo. Vos te vas en tu taxi. Y eso es todo.
-¿Así que tiene que ser en tus términos?
-Sí.
-Entonces no.
Me bajé del taxi de Hernán con una risa incrédula antes de darme tiempo de reconsiderar sus términos.
Hay pocas cosas más peligrosas que un hombre que sabe muy bien que tan atractivo es; por empezar, un hombre argentino que sabe muy bien que tan atractivo es (y cuyas pestañas son tan largas que rozan los lentes de sus anteojos de sol).
Me había subido al taxi de Hernán cerca del obelisco en Diagonal Norte, y él había desplegado su táctica de ataque amorosa tan pronto como le pedí que me llevara a su restaurante favorito.
-Solo si puedo comer con vos,- me sonrió.
Antes de que pudiera echarme atrás, empezó a enumerar sus últimas conquistas.
-Una vez se subió al taxi una colorada cerca del casino. Tendría unos cuarenta años. Hermosa. Empezamos a hablar y la invité a tomar un café. Terminamos en mi casa… en la ducha… no salimos hasta el otro día para ir a cenar. La llevé a La Taberna de Roberto…
-¡Ah, sí! Conozco el lugar,- interrumpí, tratando de cambiar de tema, -¡es buenísima!
-También conocí a mi ex con el taxi. La estaba llevando a lo del novio; ¡pero terminó yéndose a casa conmigo!
En ese momento me percaté que intentar impedir que Hernán me leyera su c.v. sexual seria en vano.
-¿Sabes qué? Casi se sube mi ex al auto el otro día – pensé que era una pasajera como cualquier otra. ¡Pero cuando me di cuenta que era ella, seguí de largo! Esa relación terminó mal.
Podía imaginarme por qué.
-¿Alguna vez estuviste con alguien por una noche nada más? – me preguntó.
-Eso no es asunto tuyo, ¿no?
-Uh, ¡dale! Esta es una conversación justa y equilibrada, ¿o no?
-¿Asumo que vos sí, unas cuantas veces?
-Claro.
-Así que literalmente tu taxi es tu vehículo al amor,- le dije.
-¿Amor? No, no, no, – me contestó, -pasión, a lo sumo. Pero no amor.
Hay que darle crédito al hombre por su honestidad, ¿no?
-Y hablando de pasión,- le dije, -¿Dónde podría ir a almorzar?
-Hablando de pasión, ¿te gusta la pizza?
Ahí ya era otra cosa.
-Te podría llevar a El Fortín, pero queda lejos en (Villa) Devoto. O El Globito, pero también queda un poco lejos. ¡Ah! Ya sé. Hay una pizzería chiquita pero buenísima en Boedo, una casa del barrio que está ahí desde siempre. La fuggazzetta es genial, y la fainá… exquisita.
-Suena perfecto.
Luego de unos minutos más tratando de esquivar las preguntas subidas de tono del taxista, llegamos a la esquina de Boedo y Juan de Garay, donde la Pizzería San Antonio viene haciendo feliz al barrio desde hace más de sesenta años.
Tras rechazar la última propuesta de Hernán, pasé caminando frente a las pinturas de un San Antonio con un halo sobre la cabeza llevando pizzas en las manos que había en las ventanas. Sabiéndome observada, me abrí paso como pude entre el huracán de la hora del almuerzo hasta ubicarme en una mesa. Un mozo apareció y me tomó el pedido.
Volvió en un abrir y cerrar de ojos con un plato humeante y pecaminoso: un cuadrado de fugazzetta de mozzarela y cebolla, una generosa rebanada de fainá y una empanada de un color marrón dorado.
Deseché rápidamente la empanada (un tanto seca y sin mucho gusto bajo la masa hojaldrada) y me dediqué a la fugazzetta, una bomba de suave y grasosa indulgencia que solo podía neutralizarse con la crujiente porción de fainá. Individualmente, ninguna de las dos era particularmente especial. Pero juntas, fainá y fugazzetta eran una combinación deliciosa de queso y cebolla al horno con un dejo de garbanzo.
Vi pasar al barrio mientras terminaba mi almuerzo bajo las luces fluorescentes y las plantas de interiores marchitas. Había jubilados saboreando lentamente sus porrones de cerveza y haciendo chistes con los mozos. Parejitas jóvenes alimentando a sus bebés entusiasmados que no se quedaban quietos. Adolescentes con uniforme de colegio llevándose pilas de cajas de pizza atadas con piolín.
Desde su lugar en la cima del menú montado en la pared, una figura de madera de San Antonio nos observaba a todos. La ironía (¿la poesía?) de haber sido llevada a un restaurante bautizado en honor a un santo por un hombre tan feliz de ser un pecador no se me escapaba.
Av. Juan de Garay 3602 esquina Boedo
Tel: 4921-4118
Abierto todos los días, todo el día.
