Taxi Gourmet - Layne Mosler
Parrilla Peña
- Tengo un pedido algo extraño, – le dije al entrar al Fiat de cuatro puertas, deslizándome sobre el asiento trasero rasgado, – ¿me llevaría a su restaurante favorito?
El taxista se detuvo en el medio de la calle, sin reparar en los bocinazos de los autos que nos evitaban, y se dio vuelta para mirarme, atónito.
- Escribo sobre cocina gourmet, – le expliqué. – Estoy buscando buenos lugares donde ir a comer que no aparezcan en las guías turísticas. Lugares a donde iría con su familia, por ejemplo.
El taxista se rascó la incipiente barba canosa, sacó el pié del freno, y me sonrió desde el espejo retrovisor, – ¿escribís sobre comida? Obviamente no te comerás toda la comida sobre la que escribís.
- En realidad sí, lo hago.
- No te creo, – me dijo con un guiño – ¿Qué tipo de comida estas buscando?
- Nada muy elegante,- me sonrojé, – de todos los días. Empanadas, carne; lo que comen acá típicamente.
- Hmmm, déjame pensar,- me dijo, – ¿Qué tal Siga la Vaca? No, lo conoce tanta gente. Buena carne, buena carne…
Arrimó el auto a la cuneta mientras reflexionaba.
- ¡Ah! Hay un lugar como a un kilómetro y medio, no recuerdo el nombre, pero mucha gente me ha dicho que es la mejor parrilla de la ciudad.
- Perfecto, vamos.
- ¿Me vas a llevar con vos?- preguntó.
Toqué mi alianza falsa y le dije: – seguro.
Justo a tiempo, sonó su celular.
- Hola, amor. ¿Te puedo llamar en cinco minutos? Estoy ocupado ahora… si, ya sé, pero estoy manejando…. Estoy ocupado…. Cinco minutos, ¿dale? Besos, chau.
Recorrimos unas cuantas cuadras en silencio.
Al cruzar Avenida Córdoba, el taxista se sentó derecho: – sé que está por acá, en algún lado… no, esta cuadra no… ¡ajá! Ahí tenés.
Frenó de golpe y me señaló una vidriera de un local cuyo cartel estaba escondido detrás de un sicómoro. La entrada y parte de la vereda estaban ocupadas por una muchedumbre de hombres de traje.
-Parece que es un lugar concurrido,- dije.
-¿Viste? No te iba a llevar a cualquier lado. Tomá, esta es mi tarjeta.- Buscó en el bolsillo trasero y sacó un papelito arrugado donde se leía “Taxi Enrique.”
- Ahí tenés mi número de celular. No dudes en llamarme si necesitás algo. ¡Suerte!
La llamada telefónica lo había hecho sentir culpable (comprensiblemente), y yo iba a almorzar sola. Le agradecí a Enrique, me bajé del taxi, me adelanté a paso rápido a los trajeados de la vereda y abrí la puerta de Parrilla Peña.
La luz fluorescente inundaba una cocina abierta donde un asador transpiraba junto a una parrilla de unos diez pies cubierta de bifes, salchichas, pollo, vegetales y entrañas que no supe reconocer. Había hileras de botellas de vino en las paredes y jamones colgando del techo.
La gente volvía sus cabezas mientras yo recorría el salón con la mirada, buscando un asiento libre. Conté dos mujeres en un mar de hombres que atacaban bifes tan grandes como el volante de un auto. Me acerqué al maître y le pedí una mesa para uno. A primera vista, yo era la única extranjera del lugar.
- ¿Te molestaría compartir una mesa con ellos?- me señaló una mesa para cuatro donde dos hombres de unos cincuenta y largos estaban sentados uno frente al otro, gesticulando sobre platos colmados de huesos de costillas.
- Para nada.
Los hombres interrumpieron su conversación sobre bienes raíces y me miraron de reojo mientras yo me escabullía intentando alcanzar mi asiento. Sin prestarle atención al menú que el maître me había dejado, les pregunté a ellos que me recomendaban.
- El asado de tira de acá es el mejor de Buenos Aires,- me dijo el de sweater con escote en v a mi lado; se le marcaban hoyuelos en la piel lisa aceitunada.
- Tiene que probar la provoleta, – insistió su amigo, abotonándose el cárdigan sobre la panza.
Un mozo de chaqueta blanca se me acercó: – ¿va a almorzar sola?
Asentí con la cabeza.
- A ver, – alzó los ojos al techo, obviamente consternado – podría pedir medio bife de chorizo, una tira de asado, vacío…
- Medio bife,- me dijo Escote-en-v, – eso querés.
- Medio bife entonces, – le dije al mozo – ¿y la provoleta?
- Es mucho para una sola persona, – protestó el mozo.
- ¿Quizás podría llevarme una parte a casa si no lo puedo terminar? – ofrecí.
- Obvio, se puede llevar una parte a la casa, – asintió escote-en-v, – tiene plata, puede pedir lo que ella quiera.
El mozo asintió con la cabeza y desapareció. Saqué mi anotador y estudié el menú de Parrilla Peña. Además de cualquier corte imaginable (de bife de chorizo y lomo a mollejas, riñones y achuras), ofrecían pastas caseras, platos de quesos locales y verduras asadas, ensaladas, milanesas, empanadas y morcilla. No encontré nada cuyo precio superara los cuarenta pesos.
La lista de vinos – todos nacionales – ocupaba páginas enteras e incluía todo desde clásicos más económicos (Norton, Trapiche, Lopez) hasta etiquetas más exclusivas (Lurton, Ruca Malen, Weinert)
Cerré el menú cuando llegó mi queso provolone cubierto de aceite de oliva, con hilos de vapor desprendiéndose aun de las marcas de la parrilla. Escote-en-v y cárdigan me estudiaban cuando lo probé. Queso, asado y orégano se mezclaron en mi boca. Cerré los ojos y mastiqué. Se rieron satisfechos y volvieron a su charla inmobiliaria.
Unos minutos más tarde, el mozo trajo un bife que medía la mitad de mi cabeza. Aparté el provolone a un costado y corté un trozo humeante de carne, dándome cuenta en ese momento que había olvidado especificar qué tan cocido lo quería. Aparentemente, esta directiva no era necesaria: con el jugo escurriéndose hacia el borde del plato, la carne tierna había sido cocida hasta un punto medio rosado. La carne apenas condimentada literalmente se deshacía en mi boca, no necesitaba ningún adorno.
Escote-en-v y cárdigan pagaron la cuenta y observaron con incredulidad como devoraba diligentemente el bife entero. – Ahora que ya te atendieron, no te molesta si te dejamos sola, ¿no?
- Para nada.
- Tomá, te doy mi número. No dudes en llamarme si necesitas algo.
Mientras escote-en-v y cárdigan enfilaban hacia la puerta, el mozo limpió y puso la mesa, y un hombre calvo vestido de traje me miró al pasar y se acomodó con dificultad en la silla junto a la mía.
Justo cuando estaba a punto de pedir unas empanadas para llevar y pedir la cuenta, el mozo le trajo un plato de panqueques verdes fritos.
- ¿Qué son? – le pregunté.
- Buñuelos de acelga,- me contestó, – solo los hacen los viernes. ¿Querés probar?
- No, no, gracias.
- No, por favor, insisto.- Cortó la mitad de un buñuelo y lo dejó en mi plato vacío. Le ofrecí un poco de provolone y nos quedamos charlando.
- Si no fuera por este lugar, me moriría de hambre,- me dijo, – vivo solo y no sé cocinar, así que vengo todos los días.
Durante una hora, el soltero reveló algunos de los secretos de Parrilla Peña. Les asignó a los empleados la tarea de enseñarme sobre los cortes de carne tradicionales en Argentina, incluso con el diagrama de una vaca. Me contó sobre los mejores platos (vacío, riñones, mollejas) y los especiales de la semana (el jueves es día de hamburguesa, y como los viernes se respeta la tradición cristiana, se ofrecen milanesas y estofado de pescado). Me mostró las mejores ofertas de la lista de vinos. Luego de pedir un tiramisú para compartir, me explicó que la versión de Parrilla Peña de este clásico italiano era la mejor de Buenos Aires.
Mientras esperábamos el postre, me señaló al hombre de cara redonda detrás de la caja registradora.
- Ese es uno de los dueños. Es muy buen tipo. A diferencia de la mayoría de los argentinos, él sí se compromete a ofrecer un buen servicio y buena calidad a un buen precio. Para mí es realmente un patriota; la mayoría en este país va a buscar estafarte si pueden, pero él nunca.
- ¿Siempre está? – le pregunté.
- Todos los días.
El mozo trajo el tiramisú. Hundí el tenedor en el postre cargado de café. Estaba hecho con queso mascarpone genuino, y, le aseguré al soltero, no tenia nada que envidiarle a muchas versiones que había probado en Italia, e incluso las superaba.
Satisfecho, pagó su cuenta, se levantó de la mesa y me entregó su tarjeta, – Por favor llamame si necesitás algo. Fue realmente un placer.
Intercambiamos el tradicional beso en la mejilla derecha, se fue caminando y yo pedí mis empanadas. Cuando me acerqué al mostrador para pagarlas, me entregó la bolsa el dueño.
- Regalo de la casa, – me dijo. – Espero que volvamos a verla por acá.
- Seguramente lo harán, – le dije, satisfecha, y me fui del local con una sonrisa que no me abandonó durante las veinte cuadras de regreso a casa.
Parrilla Peña – Rodriguez Peña 682 (Barrio Norte). Cuidad de Buenos Aires.
Tel: 4371-5643