Los Chanchitos
Leer en iglés
Le di una ojeada al menú y tuve que controlar mi alarma.
Doce páginas plastificadas encuadernadas en cuero que alababan platos que provenían de todo el mundo y desafiaban la estación: stir fry asiático, pastas caseras preparadas de cuarenta formas distintas, ensalada caprese, pollo estilo marroquí con salsa curry y salmón rosado con salsa rosa haciendo juego.
Los Chanchitos también le reservaba una sección entera a las pizzanesas: milanesas cubiertas con ingredientes de pizza a elección. (“¡Las posibilidades son ilimitadas!” declaraba el menú alegremente, “elija una de nuestras veinticinco combinaciones o invente una usted mismo.”)
Leer ese menú era como escuchar a un solo músico tocar los diez instrumentos de una banda al mismo tiempo: uno aprecia el esfuerzo, pero el sonido que resulta es un desastre.
De todas formas, habiendo probado el paté de hígado, los pepinos agridulces semi-congelados y la focaccia que el mozo me había traído para picar, estaba obligada a quedarme a almorzar. Tratando de seleccionar un plato que reflejara la personalidad dominante del restaurante, pasé unos buenos quince minutos en compañía del menú (mientras escuchaba a los Village People cantando YYY-M-C-A).
¿Cómo había terminado en semejante pesadilla?
En realidad, fue gracias al taxista más amable que conocí, y el viaje en taxi más corto de mi vida.
Haciendo un esfuerzo para adentrarme más profundamente en el alma culinaria de la ciudad (o sea, lo más lejos posible de la zona turística), me había tomado el colectivo 92 a Caballito – un barrio sin pretensiones y el hogar de familias jóvenes (incluyendo mi profesora de tango) y muchos porteños.
Me había bajado del colectivo en Parque Centenario. Me detuve en la intersección cerca de la parada, ojeando los taxis en busca de un chofer con buen olfato para la cocina local. El semáforo se puso en rojo. Alcancé a divisar un hombre de unos cincuenta años con una melena gris descontrolada que recordaba a Einstein. Nuestras miradas se cruzaron y lo llamé con la mano. Asintió y acercó el taxi a la vereda.
Al pedirle que me llevara a su lugar favorito para comer, se dió vuelta y me sonrió.
- ¿Conocés? – me preguntó, señalando Los Chanchitos, justo cruzando la calle.
- No.
- Es genial, – me dijo con convicción.
- ¿De verdad? – me reí.
- De verdad. Hay otro lugar a unas cuadras, pero…
- ¿Pero Los Chanchitos es mejor?
Asintió entusiasmado, cruzó la calle y dió la vuelta para dejarme justo frente a la entrada.
- No quiero engañarte, – me dijo, – pasá y que disfrutes la comida.
No quiso aceptar los pesos que le ofrecí, y mi estupefacción y yo nos vimos expulsados del taxi.
Todavía estaba impresionada por la integridad del taxista mientras estudiaba el extraño menú de Los Chanchitos, lamentando haberme olvidado de preguntarle que me recomendaba pedir en el restaurante.
Finalmente, fue el asador el que determinó mi elección. Era alto y bigotudo, y se movía con calma indiferencia mientras cuidaba los cortes de carne y la morcilla en su parrilla de dos metros. Los mozos lo miraban trabajar, reunidos a su alrededor, pero él prácticamente los ignoraba, con la visera de su gorra baja para cubrirle los ojos. Supe que quería que ese hombre se encargara de mi almuerzo.
Pedí un bife de chorizo a la pimienta. De alguna manera, el plato también incluiría panceta, calabaza, tomates cherry y champiñones… aunque yo no tenía ni idea cómo.
Un mozo de cabello plateado, que se movía con la elegancia propia de un hombre que ha atendido mesas durante toda su vida profesional, me tomó el pedido, felicitándome por mi elección, y me trajo un vaso de vino blanco dulce mezclado con sidra.
- Un aperitivo, – anunció, y se marchó.
Probé el vino dulzón, unté algo de paté de hígado sobre un crostini e inspeccioné el salón, que estaba vacio salvo por una pareja terminando una botella de vino y un hombre solo leyendo el diario. Había guirnaldas de ajo colgadas de las vigas del techo, latas de tomate gigantes juntando polvo en los estantes altos de cedro, y una cámara de seguridad escondida entre botellas de vino junto a un televisor montado en la pared.
Mientras los Village People se hacían a un lado para abrirle camino a Shakira y Britney, yo no quería ni pensar en mi bife inminente. Enfoqué toda mi atención en el aperitivo y traté de ignorar las miradas curiosas de los mozos que vagaban del bar al asador, inquietos y aparentemente atónitos ante la presencia de una extranjera almorzando sola en su restaurante.
El mozo canoso me sorprendió de atrás, corriendo a un lado el paté de hígado para hacerle lugar al plato colmado de extrañeza que me había traído.
- Buen provecho, – me dijo, y se fue.
A un lado del plato los champiñones (procedentes de alguna lata de conserva), algunos tomates marchitos y el puré de calabaza nadaban en una salsa amarronada y espesa. Del otro, mi bife de chorizo – con un grueso anillo de grasa a modo de borde y cubierto con una feta brillante de panceta – contenía la marea de tristes vegetales. Era, sin duda, uno de los platos más feos que había visto.
Sentía las miradas de los mozos, así que, con mi mejor cara de póquer, probé un bocado de la guarnición. Afortunadamente, el ajo y el vino de Marsala disimulaban el mal gusto de la mezcla – pero no conseguían tapar del todo el sabor metálico de los champiñones o revivir a la calabaza masacrada.
¿Qué esperaba, de todas formas? ¿Por qué habría de sorprenderme esto? ¿Si el menú no me lo había sugerido, no era el comedor casi vacio prueba suficiente?
¿Y mi hipótesis sobre la sabiduría culinaria de los taxistas? ¿Acaso su amabilidad era lo mejor que podía esperar de ellos?
Desconfiada y decepcionada, le saqué la grasa a la carne, corté un bocado…
Y se abrieron los cielos.
Jugoso, ahumado, cubierto de pimienta fresca, el bife de chorizo era una revelación en aquel plato – la prueba indiscutible de la pureza superior de la carne Argentina, alimentada en los pastos de las pampas.
Ignoré los vegetales y me devoré el bife entero. El viaje en colectivo, el paté mediocre, el vino insípido y los champiñones enlatados habían sido un pequeño precio a pagar – éste era un bife que podía entrar fácilmente en el paseo de la fama de cualquier carnívoro.
Al terminar, traté que el asador me mirara, pero me ignoró. En su lugar, mi mozo se acercó y miró con reproche mi plato medio lleno.
- No terminó, ¿no?
Ojeó la panceta y los vegetales, que yo había empujado en un semicírculo.
- En realidad, si, terminé.
- ¡No! ¡Si no comió nada!
- Era demasiado para mí sola, – me disculpé, – ¡pero la carne estaba increíble! De verdad. Felicite de mi parte al asador.
Gruñó y se llevó mis platos. Soporté a Rod Stewart y a Whitney Houston mientras debatía que postre pedir.
Finalmente decidí no arriesgarme. La amabilidad del Taxista Que No Quería Engañar y el talento del asador ya eran suficiente buena suerte para un solo día.
Los Chanchitos
Angel Gallardo, Av. 601 (Caballito)- Ciudad de Buenos Aires.
Tel: 4857-3738
Abierto a toda hora, todos los días.




11:23 am on January 22nd, 2010
[...] Here is the original post: Los Chanchitos | Taxi Gourmet | Guia de Restaurantes y Bares … [...]
10:15 pm on February 17th, 2010
[...] Leer ‘Los Chanchitos’ en español en Guía Epicúreo Related Posts:The BirdsCarrito El OscarFour Questions and FujisanPippoFornosSHARETHIS.addEntry({ title: "The Little Pigs", url: "http://www.taxigourmet.com/?p=7" }); [...]