Taxi Gourmet - Layne Mosler
Las Cuatro Preguntas y Fujisan
- ¿De dónde sos?
- ¿Qué haces en Buenos Aires?
- ¿Tenés familia acá?
- ¿Sos soltera?
Si entablo una conversación con un taxista porteño, les apuesto mis zapatos de tango que estas Cuatro Preguntas van a surgir en precisamente ese orden.
Esa tarde tuve la suerte de compartir mi viaje en taxi con Renato, quien comenzó la ronda de las Cuatro Preguntas luego de que le pidiera que me llevara a su lugar favorito para comer.
Hice lo que generalmente hago en respuesta a esta estrategia latina de interrogación: yo misma lo entrevisté; y, como suele pasar, conseguí una historia interesante.
Renato es de Misiones (una provincia en el noreste de Argentina famosa por las Cataratas de Iguazú). Llegó a Buenos Aires hace quince años, empezó a cocinar profesionalmente, se hartó de la locura del mundo de los restaurantes y empezó a manejar un taxi hace tres meses.
- Se gana más manejando un taxi, y es menos estresante,- me dijo, – Siempre había alguna crisis en la cocina, y nunca conseguía buenos ayudantes. Estoy mucho más contento ahora.
Le dije que simpatizaba con su situación, habiendo sobrevivido a un año de tormentos en la cocina de un restaurante de San Francisco.
Y después pasamos a hablar de comida en serio; especialmente cuando descubrí que la esposa de Renato era peruana y también amaba cocinar.
- ¿Dónde consiguen comida peruana cuando tu señora no cocina? – le pregunté (encantada de estar teniendo el tipo de conversación con la que había soñado cuando se me ocurrieron estas aventuras culinarias.)
- Todos los lugares del Abasto (el refugio de los restaurantes peruanos en Buenos Aires) son una porquería,” – me dijo. – Salvo uno que se llama Mamani. Pero hay uno que es todavía mejor, se llama Tumi de Oro, en Belgrano.
Íbamos rumbo al tenedor libre todo-por-diez-pesos donde Renato suele almorzar, lo cual no me entusiasmaba demasiado. Mientras anotaba sus recomendaciones, le pregunté si no podría llevarme mejor a Tumi de Oro.
Ademas de volverme loca la comida peruana, el vasto conocimiento de Renato era aun más valioso teniendo en cuenta que la cocina peruana (o novoandina) va camino a remplazar al sushi como la nueva sensación de la gastronomía local.
- Hay que llegar a Tumi de Oro temprano, sino no se consigue lugar,- me advirtió, – está justo al lado de la estación de tren; pero vas a tener que preguntar para encontrarlo.
Me estaba entregando las llaves del reino, y se lo agradecí mucho. Habiendo prestado mucha atención a sus indicaciones, crucé las vías del tren y miré con atención los negocios que rodeaban la estación.
Pasé una peluquería con un solo cliente, un kiosco de panchos y sándwiches de milanesa, y una santería hasta que finalmente encontré un hombre canoso de guardia al lado de un negocio de computación. Le pregunté donde quedaba Tumi de Oro.
Me miró como si le hubiera preguntado donde quedaba Oz.
- No conozco ningún restaurante con ese nombre, pero hay un lugar peruano a la vuelta.
Le agradecí y seguí sus indicaciones hasta una calle desierta donde los únicos negocios abiertos eran una parrilla y una librería. Entré a la segunda y le pregunté si sabía donde podía encontrar Tumi de Oro.
El manager, que tenia el cabello largo recogido en una cola de caballo, movió el mentón en dirección a un restaurante cerrado en la vereda de enfrente. – Ese es el único restaurante peruano por acá, y yo sé lo que le digo, hace quince años que trabajo acá y sé todo lo que pasa en el barrio.
No solo era una decepción que estuviera cerrado, era todavía peor que Tumi de Oro no fuera, de hecho, Tumi de Oro. No – este restaurante se llamaba Contigo Perú, un lugar que ya había visto en unas cuantas guías gastronómicas y libros de viaje.
¿Habría entendido mal las indicaciones de Renato? Poco probable – Contigo Perú estaba precisamente donde me había dicho que podía encontrar Tumi de Oro. Me fui de la librería arrastrando los pies.
No iba a haber ceviche para mí ese día.
Para ese entonces, estaba muerta de hambre. Por suerte estaba a unos pasos del Barrio Chino, así que no tenia por qué descontar la posibilidad de aventuras culinarias. Apuré el paso para llegar a un pequeño negocio familiar que servía fideos de arroz y que hacía rato quería visitar, donde servían wok por solo cinco pesos al mediodía. Cerrado.
Sin dejar que eso me desilusionara, enfilé rumbo a otro negocio en la espectacularmente apestosa Supertienda Asiática en Calle Mendoza. Cerrado – igual que los próximos cuatro restaurantes de mi lista mental.
¿Qué pasa hoy? Me pregunté.
Ahí me di cuenta: era lunes. Y además era el día después de las elecciones, por lo que muchos comerciantes porteños se estaban tomando un descanso luego de un domingo político agotador (en el cual ninguno de los candidatos principales había conseguido el 50% necesario para la victoria). Podía considerarme afortunada si conseguía encontrar un lugar para almorzar abierto en toda la ciudad.
Estaba al borde de la desesperación y dispuesta a conformarme con un superpancho cuando me topé con Fujisan, un restaurante japonés que prometía un almuerzo de cuatro platos por veintiséis pesos. Vendido.
Un mozo amigable me acompañó pasando la fuente de la entrada y me sentó en el salón vacío. Al notar la desesperada expresión: ‘POR FAVOR, ALIMÉNTEME’ en mis ojos, me trajo inmediatamente té verde y un tazón de rodajas de pepino adobadas con ají y vinagre de arroz.
Hice lo posible para ignorar el bambú artificial bajo las luces naranjas y la música de alguna boy band que no pude identificar que salía de los parlantes.
Seguía decepcionada por el elusivo Tumi de Oro cuando llegó el resto de mi festín de invierno: un bowl caliente de fideos udon, salmón grillé con jengibre y daikon recién rallados, una taza de chawan mushi (natilla de huevo con hongos shiitake y camarones) y un platito picante de zanahorias y daikon, perfecto para limpiar el paladar.
Me devoré mi reconfortante comida japonesa, disfrutando de los sabores plenos y apreciando la frescura de todo lo que estaba ante mí. ¿Acaso el hambre había realzado mi placer?
Feliz y bien alimentada, no podía envidiar ni a Renato ni al restaurante peruano cerrado. Pero tampoco podía evitar preguntarme si Renato se habría confundido con el nombre. ¿Sería Tumi de Oro en realidad el popular Contigo Perú?
¿O quizás Tumi de Oro es un lugar totalmente diferente? ¿Quizás no lo busqué lo suficiente?
No se preocupen, queridos compañeros del peregrinaje culinario, éste y otros misterios no seguirán sin resolver por mucho tiempo. Volveré a Belgrano para retomar mi búsqueda del Restaurante Perdido – pero seguramente no un lunes.
Fujisan – Mendoza 1650 (Belgrano) Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4787-1313
Horario: Lunes, miércoles y jueves 12-15; 19.30-24
Viernes, sábado, domingo 11.30-16.30; 19.30-24
(Martes cerrado)