Taxi Gourmet - Layne Mosler
Las Cholas y Panadería Santa Teresita
Llegar a destino y encontrarse con una puerta cerrada; ésta debe ser una de las cosas más devastadoras que pueden ocurrirle a un peregrino culinario.
Esto fue lo que me sucedió con la panadería Santa Teresita. Llegué a las dos y cuarto; quince minutos después del inicio de su siesta vespertina. Según el cartel escrito a mano en la puerta, recién volvían a abrir a las 16:30.
Me quedé parada en la vereda, insultándome a mi misma por haberme tomado todo el tiempo del mundo durante mi almuerzo en Las Cholas, y contemplé mi próxima movida.
Mis pensamientos se remontaron a Pablo, el taxista de rulos que me había llevado al barrio de las Cañitas durante la hora del almuerzo.
- Ésta, – me dijo, señalando la panadería mientras dirigía el taxi en dirección a los transeúntes que, habiendo ignorado la luz roja, lo esquivaban a las corridas, – es una panadería maravillosa. Las facturas y las masitas son excelentes.
Aquel fue el único indicio de pasión de parte de Pablo del que fui testigo durante nuestro viaje de diez minutos.
Pablo había dejado su hogar en la provincia de Santa Fe hacía ya treinta años, y había llegado a Buenos Aires, así como otros tantos, en busca de trabajo. Pasó los primeros diez años en Las Cañitas – mucho tiempo antes de que el barrio familiar se transformara en el nuevo corazón de la escena nocturna porteña.
Santa Teresita ya existía en los días de Pablo en el barrio, y ha sobrevivido al aburguesamiento de Las Cañitas. También lo ha hecho Las Cholas, la parrilla donde me llevó para almorzar.
- Iba siempre a Las Cholas cuando vivía en el barrio, – me dijo, – las empanadas son buenas y la carne también.
Le agradecí con una sonrisa y traté de contener mis objeciones; la idea de comer parrilla otra vez no me atraía demasiado. Todavía estaba algo traumatizada después de mi encuentro cercano con un chinchulín la semana anterior.
Así que deje pasar la lista de achuras, cortes clásicos de bife y milanesas del menú de Las Cholas y me concentré en los platos preparados en el horno de barro (estos hornos con forma de iglú y calentados mediante leña son muy comunes en las casas del campo argentino, especialmente en las provincias más pobres del noroeste. Cada vez más restaurantes de Buenos Aires, a pesar de su origen humilde, reconocen la capacidad del horno de barro de realzar el sabor de la comida y eligen construir uno en sus cocinas.)
Había tenido mucha suerte para conseguir una mesa en Las Cholas. Durante el almuerzo, el restaurante de dos pisos y con capacidad para doscientos comensales estaba repleto de argentinos de todas las edades. Abuelos, padres y chicos de una escuela primaria en las cercanías ocupaban la mayoría de las mesas. Empresarios, parejas y veinteañeros tomándose un break de hacer shopping en los negocios de moda de la zona ocupaban el resto.
Los chicos usaban crayones (en canastas en cada mesa) para crear obras de arte para sus madres sobre los manteles de papel mientras esperaban la comida.
Los mozos iban de un lado a otro con brusco aburrimiento, llevando en platos y fuentes de madera trozos generosos de bife y cazuelas bien calientes.
El piso de madera bajo mi silla de mimbre se sacudía un poco cada vez que alguien pasaba junto a mi mesa.
Todos luchaban para hacerse oír en el bullicio del salón comedor lleno y los platos chocándose en la cocina abierta.
Después de diez minutos de tratar de entablar contacto visual, la encargada de mi mesa finalmente respondió a mi llamado y me tomó el pedido. Mientras mis ojos seguían su recorrido a lo largo del salón, me di cuenta que el pop brasilero del estéreo era el único elemento que rompía con la atmosfera rústica-chic del restaurant: sifones antiguos, carteles vintage y cañerías al descubierto sugerían que querían imitar el look de una casa de campo.
Mientras tanto, un ayudante me trajo sobre una bandeja de madera un pan del tamaño de una pelota de softball.
Hay un dicho que sostiene que el pan de un restaurant anticipa la calidad del resto de la comida; de ser cierto, entonces el pan que me sirvieron era un buen presagio: denso y blando en su interior con una corteza crujiente propia de la cocción en el horno de barro en su exterior. Apenas un poco de aceite de oliva, una pizca de sal, y era la dicha misma.
El horno de barro también hizo maravillas con la empanada de lomo que llegó a continuación: una masa delgada y mantecosa recubría los trozos de carne, cebolla de verdeo, morrones y el jugo picante de la carne salada casi en exceso.
¿Quién hubiera imaginado que este zoológico de restaurante podría producir una empanada capaz de competir con las mejores de La Cupertina y La Aguada?
La comida alcanzó el momento cumbre cuando la moza trajo mi cazuela de calabaza con maíz y mozzarella. Bien caliente en su recipiente de cerámica, la cazuela había sido adornada con una cucharada de crema y un poco de perejil, y emanaba un aroma a miel caramelizada.
Comer sola en medio del caos jovial de Las Cholas me hizo sentir como la única nena en el patio del colegio sin un compañero de juegos. Pero en compañía de esa cazuela (relajante, deliciosa, dulce y sutil) me encontraba mejor que en cualquier otro lugar. Humeó hasta el último bocado.
Contenta y entusiasmada, me fui de Las Cholas y marché rumbo a la panadería Santa Teresita. Aparentemente, mi buena suerte hasta ahí llegaba, porque la encontré cerrada.
Me quedé ahí, de pie frente a la panadería, y entretuve la posibilidad de quedarme haciendo tiempo hasta que terminaran su siesta a las cuatro y media. La pasión de Pablo por aquel lugar había sido tan notable…
Justo a tiempo, un chico del delivery estacionó al lado mío y, llevando un colchón de huevos que sacó de la caja montada atrás del asiento de la moto, llamó a la puerta.
Una señora de unos cincuenta años y cabello frisado con cara de pocos amigos corrió una cortina naranja, se asomó por la ventana, y abrió apenas la puerta para dejar pasar al chico del delivery. Ya fuera porque presentía mi entusiasmo, o sencillamente porque quería librarse de mí, abrió la puerta un poco más y me dejó pasar sin una palabra.
Pasando las cortinas naranja me esperaba el paraíso de los dulces. Vidrieras llenas de galletitas, medialunas, facturas, panes, tortas, tartas, pizza y foccacia, todo casero a juzgar por el calor y los aromas intensos que emanaban de la parte de atrás del local.
- Me dijeron que su panadería es muy buena, – le dije a las dos abuelitas con anteojos detrás del mostrador, – pero no tengo ni idea qué pedir. ¿Me recomendarían algo para llevar?
Su fastidio inicial se transformó rápidamente en un frenesí de sugerencias.
- ¡Tenés que probar los struffoli!
- ¡Macarrones!
- ¡Churros!
- Los pancitos de cebolla y los palitos de queso; no siempre tenemos de esos, corazón.
Luego de llenarme una bolsa de papel con cuatro pesos de factura, se despidieron con sonrisas e invitaciones para volver a la panadería. Les agradecí mucho a las abuelitas y me fui caminando por la calle desierta, con la tranquilidad propia de la hora de la siesta.
Aunque todavía estaba llena después del almuerzo en Las Cholas, no podía aguantarme hasta casa sin probar el botín. Saqué un struffole (dulces de masa frita originarios de Nápoles y muy populares a lo largo y a lo ancho de Italia) de la bolsa.
El dulce de anís, hecho por manos expertas, sabía como el festín navideño que era. El resto era igual de sobresaliente – especialmente los macarrones, muy suaves y dulces y aun más sabrosos. Un final apropiado para una fantástica tarde culinaria.
Las Cholas
Arce 306 (Las Cañitas) – Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4899-0094
Horarios: almuerzo y cena – todos los días a partir de las 12 del mediodía.
Panaderia Artesanal Santa Teresita (de Beatriz Burlato)
Arevalo 2882 (Las Cañitas) – Ciudad de Buenos Aires
Tel: 4777 – 3740
Horarios: Lunes a sábado – cerrado de las 14:00 a las 16:30hs; cerrado los domingos.