Taxi Gourmet - Layne Mosler

La Vita è Bella

-No almuerzo,- dijo el taxista, -solo como fruta cuando manejo. Me tengo que cuidar, ¿viste?

Y realmente se cuidaba. De no haber sabido, hubiera asumido que el taxista calvo en el chaleco azul cielo acababa de salir de un spa. Tal era el resplandor que emanaba.

Dejó el taxímetro apagado mientras seguía disculpándose conmigo y con mis compañeras de aventura.

-Nunca como en el centro. Vivo en provincia, al oeste de Buenos Aires, a unos 30 kilómetros. Todo lo que conozco está allá – y no las quiero llevar tan lejos. Ojalá puedan encontrar otro tipo que sepa un poco más sobre dónde comer en capital.

Estábamos demasiado maravilladas ante su cortesía – y que ni pensara en aprovecharse de tres mujeres obviamente extranjeras – como para decepcionarnos porque no pudiera llevarnos a su restaurante favorito. Para cuando paramos otro taxi en la esquina de Cabello y Bulnes, seguíamos encantadas con su amabilidad.

Cuando el segundo taxista, con cara de pocos amigos, encendió el taxímetro apenas me subí y cerré la puerta, volví a la realidad.

-¿A dónde?

El taxi, un Volkswagen bastante nuevo, estaba impecable. Nada de decoraciones colgando del espejo retrovisor. Ningún cartelito plastificado anunciando su nombre.

Mientras le daba mi discurso ganador, podría-llevarnos-a-algún-lugar-donde-se-coma-bien, me di cuenta que la radio estaba apagada. Empecé a ponerme algo nerviosa, sospechando que de alguna manera habíamos llegado a la cima de la pirámide social de los taxistas (si tal cosa existe).

El taxista n°2 acercó el auto a la vereda. Contuvimos la respiración.

-Hay un lugar acá cerca que hace muy buena pasta,- nos dijo. -¿Qué les parece?

-Suena bien. ¿Fuiste hace poco?

-Sí, la traigo a mi esposa los domingos a mediodía. A mi mucho no me gusta venir al centro, pero a ella sí. Ya saben como es. Es más fácil hacer lo que ella quiere.

Asentimos con complicidad. El taxista aceleró y tomó Avenida Las Heras. Íbamos en camino.

-¿Hace cuánto que manejás un taxi?

-30 años. No me gusta. Ya saben: los horarios, el tráfico. Pero algo hay que hacer, ¿no?

-¿Qué opinás del reciente aumento en las tarifas? ¿Te afecta mucho?

-No, no realmente. Para mí, no las subieron lo suficiente, pero no es asunto mío, es del gobierno.

-Si querés tomarte un taxi todos los días acá,- continuó, -tenés que ganar, mínimo, 10.000 pesos al mes. Y a la gente que gana esa plata, los aumentos no les afecta.

Bajó por Las Heras y dobló en Republica Árabe Siria. Habíamos entrado en una zona elegante de Palermo, un barrio donde seguramente la mayoría ganaba 10.000 pesos al mes, o más.

-Miren. Si comen acá,- nos señaló la fachada románica del restaurante Bella Italia, -van a pagar un 40% más que a donde las llevo. Y la comida es la misma.

Una cuadra después, paró frente a Bella Italia Bar & Café.

-¿Algún plato en particular que nos recomiendaria?

-Pasta. Tienen lomitos, también. Pero la pasta es lo mejor. Y la salsa scarparo (tomate, albahaca y ajo) es buenísima.

Las tres le agradecimos al taxista José y abandonamos el auto – pero antes, nos dio su número de celular y nos dijo que podía llevarnos a donde necesitáramos, cualquier día, a cualquier hora.

Al entrar en el elegante comedor de Bella Italia, entendí perfectamente porque a la esposa de José le gustaba tanto el lugar. Las paredes blancas, los manteles blancos y los uniformes blancos de los mozos resplandecían a la luz del sol que se filtraba por el tragaluz opaco en el techo. Los ventanales del piso al techo enmarcaban la calle con su fila de arboles.

Brillaban las copas de vino y la platería sobre las mesas, que estaban todas ocupadas, o reservadas. Habíamos llegado en plena hora del almuerzo, y toda la gente de plata estaba en Bella Italia para ver y ser vista.

-No es lo que me esperaba, – comentó una de mis compañeras.

Ni que lo digas.

Elegante no es lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en lugares frecuentados por taxistas. Pero elegante, aparentemente, estaba dentro de las posibilidades de José.

Espiamos con disimulo lo que pedía la gente mientras esperábamos que se desocupara una mesa, inhalando el aroma de la albahaca en un plato de spaghetti de sémola de trigo, admirando una cazuela dorada de polenta cubierta con champiñones.

Para cuando conseguimos sentarnos en una mesa tras una reserva cancelada, se nos había despertado un apetito voraz. Pedimos la polenta y los spaghetti, junto con el plato del día: penne con pollo y vegetales salteados.

Atacamos la panera bien servida – que incluía palitos de pan de trigo, parmesano y pan blanco bien suave – hasta que llegó nuestro almuerzo.

El plato del día resultó una decepción: la pasta estaba al dente, pero el pollo, los zucchini y las zanahorias que la acompañaban estaban insulsos ante la ausencia de hierbas frescas que hubieran llevado el plato a otro nivel.

Los spaghetti nos entusiasmaron al principio – ante la vista de los tallarines y los hongos silvestres en abundante salsa de soja – pero resultaron demasiado grasosos y salados, finalmente. Les faltaba cierta liviandad, algo levemente ácido, algo de equilibrio.

Finalmente, la polenta salvó el día: suave, cremosa, salpicada de rebanadas saladas de parmesano y nadando en un suculento caldo de hongos. El último bocado se sintió como una caricia al tragar.

Entusiasmada luego de la perfección de la polenta, insistí en probar el tiramisú. Ni les pregunté si usaban mascarpone real. Un lugar que se llama Bella Italia usaría buen mascarpone, ¿no?

Estaba en lo cierto.

Con el primer bocado, pudimos sentir la sedosa, mantecosa consistencia del mascarpone en la boca. Sutil, delicado, y tan distinto a la crema batida y queso crema que tan seguido se las ingenian para infiltrar los tiramisú de esta ciudad.

Comimos lentamente, saboreando la combinación de café y chocolate en aquel hermoso tiramisú, agradeciéndole al taxista José (y a su esposa) por acercarnos al sabor de la dolce vita.


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