Taxi Gourmet - Layne Mosler
La Pequeña Pizzería que lo logró
Cuando Martín el taxista me dejó en Don Lechón durante la aventura en taxi de la semana pasada, compartió conmigo otro secreto: La Mezzetta.
-Están todos locos con esta pizzería,- me dijo. –No es mi favorita; no me gusta mucho la masa. Pero tendrías que ir una vez para probar.
Y efectivamente fuí – una vez que había logrado salir de mi coma post-lechón.
Llegué a La Mezzetta en plena hora del almuerzo. La fila de hombres hambrientos esperando llegaba hasta la vereda. El calor de la cocina alcanzaba la barra – sin mesas – del lugar, donde más hombres devoraban de pie sus porciones de pizza bajo las banderas argentinas y españolas.

El hombre de delantal en la caja registradora atendía la fila de clientes con una eficiencia que Starbucks envidiaría. En apenas minutos, ya estaba frente a frente con él, pidiéndole una porción de mozzarella y fuggazetta .
Tras pagar cinco pesos, me abrí paso entre la multitud cerca de la cocina, le entregué al pizzero el ticket, y esperé. En La Mezzetta – no como en muchas pizzerías porteñas – la pizza no hace tiempo en una vitrina, esperando ser recalentada. Acá se sirve todo fresco y recién salido del horno: con corteza bien caliente y el queso burbujeante.
El pizzero agarró dos pizzas recién salidas de la ventana de la cocina, cortó mis porciones de mozzarella y fugazzetta, y las puso en un plato metálico. Un torrente de queso derretido se escurrió sobre la superficie como agua al romperse un dique.
Por lo general, no soy devota de la masa esponjosa y las montañas de mozzarella gomosa que caracterizan la pizza de acá.
Pero la pizza argentina de La Mezzetta es algo especial, algo que vendría a buscar una y otra vez. El queso era excelente: sabroso, abundante, una exageración. Y la masa estaba crujiente – casi caramelizada – abajo.
La fugazzetta era muy superior a cualquier otra versión que había probado – el crujir de las cebollas, el orégano picante, y el río sin fin de queso colaboraban en una deliciosa porción de pecado.
¿Cómo, me pregunté, podía ser que Martín el taxista no estuviera perdidamente enamorado de este lugar? Terminé mis porciones, salí del lugar, y me fui en busca de un remolque que me alcanzara a casa.