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todos los restaurantes. todos los gustos.

La Dorita

Layne Mosler
www.TaxiGourmet.com

Leer en iglés

Bueno, lo admito; emprender una aventura en taxi sabiendo perfectamente lo que quisiera comer va en contra del espíritu de dejarme llevar a donde el taxista elija.  Pero en este día extraño demasiado almorzar kebab y baba ghanouj, tanto así que no estoy tan dispuesta a entregarme a los caprichos de cualquier conductor.

Presa de este antojo por la cocina del Medio Oriente, me adentro en el barrio armenio con la esperanza de dar con un taxista que comparta el aprecio que le tengo a los sabores explosivos originarios de la Tierra Santa.

Paso por la puerta de la Confitería del Medio Oriente, una confitería armenia en la esquina de Cabrera y Malabia que los viernes y sábados a mediodía – cuando sirven el mejor shawarma de Buenos Aires -  parece un loquero. Me abro paso entre la multitud esperando en la puerta, huelo con avidez la mezcla de canela, sommaco y ajo proveniente de la carne asada girando en el asador vertical, y me obligo a mi misma a volver sobre mis pasos y abandonar el lugar.

Una cuadra más adelante, sobre la Avenida Scalabrini Ortiz, me encuentro frente a la Panadería Armenia, un negocio que prepara las empanadas árabes de queso y cebolla que se han transformado en mi bocado predilecto post-milonga. Otra vez, me contengo.

Pero mi fuerza de voluntad se evapora cuando me encuentro con la Confitería Damasco, fundada por un Griego y un Armenio que literalmente encontraron un punto medio entre sus respectivas culturas cuando bautizaron su negocio en honor a la capital de Siria. Cincuenta años después, Damasco todavía sigue en pie. No es raro encontrar a tres generaciones de una misma familia atendiendo el mostrador.

- ¿Qué le puedo ofrecer? – me pregunta un abuelo con un delantal rojo.

Me encuentro indefensa ante tal botín exótico: especieros llenos de canela, semillas de cardamomo y granos de pimienta de tres colores distintos; estantes del piso al techo repletos de aguas de rosa y de azahar, tahine, ouzo, dulces de naranja y delicias turcas (o lokum); vidrieras exhibiendo galletitas de dátiles y dulces de pasta filo y miel; bolsas de su famoso lavash y pan árabe apilándose sobre la mesada; una heladera llena de yogurt casero, ladrillos de queso feta, hecho con leche de oveja, y la fabulosa ensalada Belén de Damasco (con berenjena y ají morrón, pasas de uva y castañas de cajú.)

Muerta de hambre, pero decidida a respetar mi aventura en taxi, me fui de Damasco con una bolsa llena de golosinas para llevar.

Pero antes de que pueda meter una mano en la bolsa para rescatar un pedazo de baklava, diviso a un conductor de taxi usando anteojos Ray Bans y con una cabellera abundante salpicada de canas y lo que aparenta ser un estomago muy bien alimentado.

Se detiene abruptamente en el medio de la calle – ignorando los bocinazos furiosos de los Fiats atrás de él – y me da la bienvenida a su Renault asintiendo con la cabeza.

Le doy las buenas tardes y espero que baje el volumen del electro pop de la radio. No lo baja.

- ¿A dónde vas? – me grita, Ray Bans fijos en la calle.

- ¡Un buen lugar para comer! – le grito yo.

Baja el volumen.

- ¿Qué?

- Estoy buscando un buen lugar para almorzar.

- Ah, bueno. Ok, te puedo ayudar con eso, no hay problema, – me dice con un resoplido,  subiendo la música de la radio nuevamente y abandonando el barrio armenio, rumbo a Palermo Hollywood.

Tengo esta sensación de que me está llevando a un lugar desconocido, así que en lugar de preguntarle a donde vamos, decido dejarme sorprender.

- ¿Es de su nieta? – le pregunto, señalando una zapatillita rosa colgando del espejo retrovisor.

- Sí.

- ¿Cuánto tiempo tiene?

- Seis meses.

Nos llevamos por delante un bache pasando Plaza Serrano y seguimos el viaje en silencio por unas cuadras.

- Estoy esperando que cumpla el año, – dice el taxista, – y después me voy.

- ¿A dónde va?

- Me voy de mochilero, – contesta, – por toda la Argentina. Arranco en Córdoba, después Rio Negro, a laburar la cosecha de manzanas por unos meses. Y después no sé adonde. Iré viendo en el camino.

- ¿Por cuánto tiempo?

- Dos años, quizás tres.

- ¿De verdad? ¿Y no tiene una ruta planificada?

- No, nunca. Voy buscando trabajo, me quedo por tres o cuatro meses, y después busco otro lugar. El único lugar donde nunca pude conseguir nada es Jujuy.  El resto, le encuentro la vuelta.

- ¿Manejo alguna vez un taxi?

- ¡Ni loco!

Me río.

- Hace treinta años que no me voy de mochilero, – sigue. – Ya es hora de que vaya otra vez. Además, ahora que me separé de mi mujer…

No dice nada más, y dejo que se quede en silencio.

Por un momento contemplo la idea de invitarlo a almorzar – a donde sea que me esté llevando – pero decido no hacerlo. Hoy me olvidé de ponerme el anillo de casada de mi abuela.

Se detiene frente a un restaurante en una esquina con ventanales del piso al techo y mesitas sobre la vereda con manteles a cuadros y copas de vino.

- Acá venimos con mis amigos los fines de semana, – me dice, señalando con la cabeza en dirección a La Dorita.

- ¿Qué me recomienda?

- Es todo bueno. Es parrilla, viste. Iría yo también, pero hoy va a estar llenísimo. Demasiada gente para mí.

Le deseo buena suerte en su aventura, le agradezco por haberme ayudado con la mía, agarro mi bolsita de dulces griegos, y entro en el restaurant.

Al mozo no le hace gracia cuando le pido una mesa para uno, pero afortunadamente todavía faltan treinta minutos para la hora pico y hay un lugarcito cerca de la cocina. Justo cuando me siento, Madonna empieza a cantar “Who’s that girl?”

Me encuentro en el medio de un comedor empapelado con parafernalia futbolística: hay banderas azules y doradas de Boca Juniors que cuelgan de un lado al otro del cielo raso, tazas de Boca en exhibición y un emblema del club montado sobre el bar.

Los fans de River Plate, tienen sus propias parrillas (por dar un ejemplo: cuando recién había llegado a Buenos Aires en el 2005, cené en Manolo, una parrilla de San Telmo cuyo dueño le da a cada cliente nuevo un llavero de River de regalo.)

Escucho un poco a escondidas la conversación de las mozas (¿Sabías que a Victoria se le cayó vino encima de un futbolista ayer a la noche? Estaba cenando con una rubia y ella se puso furiosa…) mientras finjo estudiar el menú.

El menú de La Dorita es el de una parrilla clásica: diecisiete cortes de bife, las opciones típicas de achuras, pollo grillé, vegetales a la parrilla, pastas caseras y siete formas distintas de preparar papas.

Me cuesta decidirme por un plato; me entretengo con divertidísimas traducciones en inglés (raw ham, kid goat). Son las 12:30, y hay poca gente en el restaurante, así que me cuesta discernir cuales serán las opciones más populares.

Finalmente opto por el menú de almuerzo – cuatro platos, bebida y café por solo veintitrés pesos. Para cuando llega mi ensalada – una combinación fresca pero poco memorable de lechuga, papa, zanahoria y huevo duro condimentada con aceite de oliva y aceto balsámico – el restaurante comienza a llenarse de comensales bien vestidos de entre veinte y treinta años.

Termino la ensalada y me dedico a mi empanada de carne, un poco quemada pero aun así bastante buena, gracias al relleno bien condimentado de cebollita de verdeo y carne picada que escondía la corteza chamuscada.

Una flota de mozos en edad de estar terminando sus estudios universitarios me limpia la mesa con silenciosa eficiencia. Estoy esperando mi Cazuela Gaucho,  mientras bifes, chinchulines, riñones y morcillas viajan de la cocina a las mesas de los yuppies. Tengo la sensación de que mi elección no fue la más oportuna.

Mis sospechas son confirmadas cuando pruebo mi primer bocado de la cazuela. A penas si consigo localizar el pollo en la masa desgraciada de queso, puré de papá y calabaza sin condimentar. Cuando finalmente descubro la carne, me castiga con un sabor que me recuerda a los condimentos envasados Rice-a-Roni.

A penas si consigo comerme un tercio de la cazuela, hasta finalmente apartar la pasta blanda de mí. Treinta segundos después, una moza se lleva rápidamente el plato casi lleno (sin hacer comentarios sobre lo poco que comí) y me recita el menú de postres.

- ¿Flan, helado, arroz con leche, o  queso y dulce? – pregunta.

- ¿Qué recomendas?

- El flan es buenísimo,- sostiene efusivamente.

Pido flan.

Pero buenísimo, no es. Y lo sé antes incluso de probarlo – la crema está salpicada de las odiosas marcas como de viruela de la leche cuajada. Efectivamente, el flan me resulta granulado e insulso. Me obligo a comer la mitad antes de pedir la cuenta y salir apresuradamente de La Dorita, mientras los yuppies disfrutan sus bifes.

Esta es la última vez que pido a conciencia un plato tan alejado de la especialidad de un restaurante.

Y, si aprendí algo del taxista aventurero que me llevo a este lugar, es que también es la última vez que emprendo una de mis aventuras gastronómicas teniendo ya un antojo.

Confitería del Medio Oriente
Cabrera esquina Malabia (Palermo Viejo) – Cuidad de Buenos Aires

Panadería Armenia
Scalabrini Ortiz 1317 (Palermo Viejo) – Cuidad de Buenos Aires
Tel: 4831-4571

Confitería Damasco
Scalabrini Ortiz 1283 (Palermo Viejo) – Cuidad de Buenos Aires
Tel: 4773-2146

La Dorita
Humboldt 1911 (Palermo Hollywood) – Cuidad de Buenos Aires
Tel: 4773-0070
Horarios: almuerzo y cena todos los dias




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    Comida
    Ambiente



    Tags: Taxi Gourmet

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    Layne Mosler Taxi Gourmet : Layne Mosler www.TaxiGourmet.com

    En lugar de recurrir a guías, Layne Mosler sube a un taxi y le pregunta al conductor por su local favorito. De a poco, Mosler fue descubriendo ocultos tesoros culinarios que detalla en su blog y que presentamos aqui en espanol.

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