Taxi Gourmet - Layne Mosler
La aventura se vuelve tango
En el mundo del tango, solo se abandona la pista de baile en plena canción en las más graves circunstancias. A menos que te hayas esguinzado el tobillo, te sientas mal de repente o el lugar se esté incendiando, en general está muy mal visto “interrumpir la tanda”.
No importa que tan malo sea su aliento, que tan torpemente te guíe, no importa que tan subidos de tono sean sus piropos, la mayoría de las mujeres (entre las que me incluyo) soportarán con valentía tres o cuatro tangos con una pareja indeseable antes de desatar la ola de murmullos y miradas curiosas que son el resultado inevitable de abandonar la pista de baile en el medio de una tanda. Además, el gesto puede herir realmente los sentimientos del otro bailarín.
Motivada por razones similares, yo hasta este viernes no había interrumpido nunca una tanda con un taxista. No importaba que tan difícil fuera la danza, que tan especial nuestra conexión, o que tan extraño nuestro destino.

No, nada grave ni desafortunado sucedió el viernes. Pero después de dos intentos poco fructíferos de conseguir que los taxistas compartieran sus secretos culinarios conmigo, concluí que sencillamente no era un buen día para dejarme guiar por los taxistas rumbo a alguna delicia desconocida.
El Taxista N°1 (alias El Taxista de los 70) me pasó a buscar cerca de la estación de tren de Belgrano. Después de darle el discurso de por-favor-puede-llevarme-a-algún-buen-lugar-para-comer, despertó de su sopor – producto de la marihuana, imagino – y me dijo que era del interior y que no le gustaba ir a restaurantes llenos de tipos trajeados (a propósito, él llevaba una camisa hippie holgada en color crema).
-Pero hay muchos lugares por acá que no son tan formales,- le dije.
-Ya sé, pero no me gusta comer en Capital. ¿Sabés adonde me gusta ir? Hay una parrillita genial cerca del aeropuerto. Tienen de todo – carne, pasta, pescado. Hasta tienen juegos para los chicos.
Cuando me di cuenta que ni mi billetera ni mi fe soportarían el viaje de 45 minutos hasta la parrilla alejada, le pedí al Taxista de los 70 que me dejara en la esquina.
Ansiosa por librarme de esta desilusión, le hice señas al primer taxi que pasó y rápidamente descubrí que tampoco quería ser guiada por el Taxista N°2.
-Mirá, no conozco ningún lugar en este barrio,- me dijo. -¿Qué tal Puerto Madero o Las Cañitas?
No era el primero en recomendarme dos de los barrios más caros y más a la moda de Buenos Aires.
-No, señor. Al contrario, quisiera ir a un lugar sencillo y barato. Algún lugar al que usted haya ido donde se coma bien.
-¿Qué? No, no, vos querés ir a Puerto Madero. Cabaña Las Lilas, Bice… capaz Happening…
-¿Alguna vez cenó en alguno de esos lugares (carísimos)?
-No, claro que no.
-Entonces yo tampoco quiero comer ahí. ¿Dónde almuerza habitualmente usted?
-Hay una parrilla en Parque Patricios que tiene tenedor libre por 16 pesos por persona. Los chinchulines son geniales.
Quisiera creer que solo interrumpí la tanda con el Taxista N°2 porque el cambio que tenía encima no me alcanzaba para el viaje hasta Parque Patricios… y no por mi aversión a los chinchulines.
Cuando me subí al auto del Taxista N°3 en Libertador y Maure, lo encontré masticando algo. Decidí tomarlo como un buen presagio.
-Lindo día, ¿no?- me dijo.
-La verdad que sí. ¿Te queda mucho tiempo arriba del auto hasta poder disfrutarlo?
-Podría decirse.
-¿Recién arrancás?
-No, pero me falta para terminar, igual. Estoy en el medio de un turno de 24 horas.
-¡¿24 horas?!- exclamé, -¿Cómo haces? ¿Tomás café? ¿Tomás mate?
-No, nada más reclino el asiento para atrás y me duermo una siestita después de comer.
No había ni un dejo de autocompasión en sus ojos cuando desvió la mirada hacia los restos de un sándwich en una bolsa sobre el asiento del acompañante. No me atreví a preguntarle de donde lo había sacado.
-¿Cuántos días a la semana trabajás?
-Los siete días. De lunes a jueves y los sábados, 15 horas. Los viernes, 24. Pero los domingos solo trabajo 6 horas.
-¿Y hace cuánto manejas un taxi?
-Hace veinte años ya. Empecé a trabajar así cuando me case – tenía que construir la casa, ¿viste? Y después vinieron los chicos – ya tengo cuatro – y había que mantener el ritmo. Soy el único que trabaja. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
-¿Y ganás lo suficiente para mantenerlos?
-Digamos que apenas si llego a fin de mes.
Ya no me quedaba nada más a esa altura. Le pedí que parara el auto en la esquina de Libertador y Sarmiento y le dejé todo el cambio que me quedaba en la cartera.
No, no me había guiado a algún maravilloso descubrimiento culinario – ni siquiera nos habíamos abrazado en el sentido tradicional. Pero aun así, compararía aquel viaje con el Taxista N°3 con los mejores tangos que he bailado en Buenos Aires. El viaje había sido igual de conmovedor, y nuestra conexión igual de pasajera.
