Fornos
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Ricardo se estiró (sin tocar la bola disco montada en el tablero) y encendió el reloj del taxímetro.
Había estado tan absorto en la tarea de encontrarnos un buen lugar para comer que el taciturno taxista se había olvidado del taxímetro hasta que cruzamos la Avenida 9 de Julio y entramos en el barrio de Constitución.
- A ver, – pensó, acomodando el crucifijo que colgaba de un hilo del espejo retrovisor, – hay un buen restaurante en Congreso que tiene de todo – pizza, pasta, parrilla, pescado… los podría llevar allá.
- Buscábamos un lugar chico,- acotó mi amiga norteamericana de unos sesenta años desde el asiento trasero, – ya sabe, un lugar de barrio.
- Un lugar donde usted iría a comer, – agregué.
- Ajá, -Ricardo sonrió, – OK.
Muy tranquilamente dirigió el taxi a través del agitado transito de viernes a la tarde y nos dijo que íbamos en camino a uno de sus lugares favoritos para almorzar.
Satisfechos, mis compañeros (el mismo grupo divertido y aventurero con el que había ido a Parrilla 29 un par de semanas atrás) y yo nos relajamos.
Intentamos, algo torpemente, mantener una conversación con Ricardo, un porteño de unos cincuenta y tantos que había crecido en Belgrano, pero sus respuestas breves sugerían que prefería hacer el viaje en silencio.
Detuvo el taxi en la esquina de San José y Humberto 1°.
- Es acá,- nos dijo, ¿ahora, que voy a comer yo?
- Podría acompañarnos, – le ofrecí.
Negó con la cabeza y se disculpó educadamente. Para compensar por los pesos que había perdido por su descuido, agregamos una propina generosa a la tarifa, y salimos del taxi para entrar en la guarida favorita de Ricardo.
Con sus quince mesas, dos mozos y fotos tamaño poster de nietos en la pared del fondo, Fornos era precisamente el restaurant de barrio que esperábamos.
Muchas cabezas se volvieron en nuestra dirección y el murmullo de la conversación se detuvo cuando ocupamos una de las dos mesas vacías. El noticiero de canal 9 se veía – aunque no se lo escuchaba – desde un televisor en un rincón. Había una foto autografiada de Susana Giménez (la versión argentina, platinada y operada de nuestra Oprah) ocupando el centro de un collage de fotos flanqueando la entrada a la cocina.
Nos acomodamos en nuestros asientos y se nos hizo agua la boca con los aromas a estofado y pasta, sintiéndonos como neoyorkinos que se han topado con Cheers por azar. Los hombres en la mesa atrás nuestro retomaron su agitado debate sobre el destino de Boca Juniors (esta acalorada discusión futbolística nos acompañaría durante toda la comida).
Y ahí paso caminando Ricardo. Nuestro mozo con panza y cabellera canosa le dio la bienvenida al taxista con un efusivo abrazo con palmadas en la espalda y lo condujo a una mesa cercana.
Levantando la mano en un tímido saludo, Ricardo pasó por nuestra mesa y se sentó dándonos la espalda. No nos sorprendió que el taxista taciturno no quisiera acompañarnos. Aceptamos su presencia como premio suficiente de nuestra aventura.
Fornos apenas contaba con doce platos en su menú, los cuales estaban escritos en un pizarrón montado en la pared, y ninguno de ellos superaba los ocho pesos.
Vicente, el mozo canoso, nos recomendó el vacío con papas al horno. Le hicimos caso – y pedimos además sopa pastina, linguini casero con estofado, tortilla española y un plato de mostacholes con pollo.
Apenas habíamos alcanzado a llamar a su asistente adolescente y pedido las bebidas que Vicente ya estaba de vuelta con varios platos en la mano.
- ¡Buen provecho! – nos deseó con una sonrisa, disfrutando de nuestra sorpresa ante su velocidad. Se fue corriendo a la puerta a saludar a una familia de cuatro personas, abrazando al padre, besando a la madre y pellizcando las mejillas de los chicos.
- Tiene que ser el dueño, – la mitad femenina de la pareja de tangueros de Humboldt observó, probando una cucharada de la sopa con un gemido de gozo.
Tenía razón. Vicente emanaba todo el orgullo, cuidado y autoridad de un buen dueño de restaurante.
El resto de los platos llegaron, todos exudando la misma cálida y reconfortante sencillez que la sopa de pollo. Nada de fuegos artificiales. Nada de adornos. Era la encarnación de los sabores discretos que el paladar argentino prefiere.
La excepción era el vacío. Cocido lentamente y bien jugoso, cubierto con morrón y cebolla y acompañado por papas al horno, era claramente superior al resto de los platos sobre la mesa. El vacío hasta quedaba bien con las bebidas que habíamos improvisado (al rebajar con soda el vino tinto de Bodegas Lopez que desafiaba cualquier tipo de categorización).
Contentos y entretenidos, pasamos al postre y acosamos a Vicente con preguntas cada vez que pasaba cerca de nuestra mesa.
El budín casero de pan con caramelo y canela nos resultó tan encantador como el hombre mismo.
- Soy en primer lugar español,- nos explicó Vicente, – y en segundo lugar, gallego.
A pesar de haber llegado a Argentina en 1951 cuando era apenas un niño, mantenía aún su acento español, y terminaba casi todas sus oraciones con el “¿vale?” que uno escucha típicamente en la península ibérica.
Mientras nos devorábamos el budín casero, atacamos también una generosa porción de flan. El postre, hecho con yemas de huevo y cubierto con una espesa capa de dulce de leche, nos ganó con su sabor decadente e intenso.
Recobrando el aliento entre bocados de flan, le preguntamos a Vicente sobre el show de tango de viernes y sábado que prometía un cartel en la ventana.
- Uh, hace cinco años ya que no lo hacemos más, – se rió, – tuve que elegir. O terminaba en el hospital o terminábamos con el show. Así que elegí terminar con el show. También quiero una vida, ¡ya saben!
Vicente nos trajo café, cortesía de la casa, luego de que aniquiláramos los postres. ¿Y la cuenta? Una cuestión de honor. Mientras recitábamos lo que habíamos pedido, Vicente sumaba los precios a un costado de la mesa.
Cuando le pedimos que nos sacara una foto, accedió con gusto. Los hombres en la mesa de al lado lo alentaron.
- ¡Vamos, fotógrafo! – le tomaban el pelo, – che, Vicente, ¿por qué no salís vos también?
Mientras uno de los hombres empujaba a Vicente para que saliera con nosotros, otro se subió a su silla para sacar la foto final. Todo el restaurante aplaudió.
- El lugar gana puntos por la buena onda, – dijo uno de los bailarines de tango.
Y gana puntos también por darle la bienvenida a un grupo de extraños de otro barrio.
Fornos
Humberto 1° 1401 (Constitución) – Ciudad de Buenos Aires
Tel: 15-6111-1777
Horarios: Lunes a viernes 12-16hs; 20-23hs.
Solo efectivo.



