Taxi Gourmet - Layne Mosler
El camino a Albamonte
-Tengo más de 60 años,- nos dijo Antonio el taxista, -sé unas cuantas cosas.
Mi compañera de aventuras y yo nos habíamos subido a su taxi cerca de la estación de subte de Avenida Callao, y nos habíamos topado con dificultades inicialmente cuando le pedí que nos llevara a un buen lugar para comer.
-Bueno, un restaurante que no tenga buena carne no sirve,- dictaminó.
Y así emprendimos el viaje a su parrilla de barrio favorita en la esquina de Córdoba y Gascón.
Mi compañera, que es vegetariana, no dijo nada.
-Me conozco la Argentina de punta a punta. Y manejé de todo: camiones, autos, micros…
-¿Qué preferís manejar?- le pregunté.
-Digamos que prefiero manejar un auto antes que una mujer.
Estallamos en carcajadas. El taxista aflojó los puños sosteniendo el volante.
-¿Saben qué? Hay una casa de pastas muy buena en Chacarita, yo solía ir bastante seguido. Los aglonotti son mortales. Los horarios que tienen son un poco raros pero-
Los ojos de mi amiga vegetariana se iluminaron.
-¿Por qué no vamos allá entonces? – sugerí.
Tenía la sensación que esta casa de pastas era un secreto de Antonio, un tesoro que solo había elegido develar luego de asegurarse de que fuéramos a apreciar su valor. ¿Cómo podíamos no ir?

-El dueño del restaurante vendía caballos de carreras antes,- nos contó, -así que los fines de semana después del hipódromo sus amigos iban a comer allá. Siempre llegaban con hambre, querían comer apenas se sentaban a la mesa. No podían ni esperar que se cocinara la pasta.
Se llevó la mano a la panza, abrigada en su pulóver naranja de lana.
-Así que un día un mozo fue a la cocina y preguntó si alguno de los cocineros sabía hacer pizza. Y cómo…- hizo una pausa dramática, -¡hacen la mejor pizza de Buenos Aires! ¡Y ni siquiera se consideran una pizzería!
Para cuando llegamos al Ristorante Albamonte, ya sospechábamos que íbamos a comer muy muy bien.
Nuestras expectativas siguieron creciendo al entrar al comedor, donde un equipo de mozos de una cierta edad lustraban platería y copas de vino, listos para el inminente ataque de comensales.
Nos pusimos las servilletas con el logo del lugar en el regazo y estudiamos el menú, mirando de reojo las fotos de los caballos de carrera y sus jockeys en las paredes rosadas. A juzgar por las flores de seda y el revestimiento de madera, la decoración no había cambiado mucho desde que abrió sus puertas en 1956.
Un mozo malhumorado se nos acercó con malas noticias: Albamonte no sirve pizza a mediodía.
Desanimadas pero aun con esperanzas, pedimos ravioles con salsa scarparo (tomate, albahaca y ajo) y fusilli con tuco y pesto. Después de todo, Antonio se había deshecho en elogios para con las pastas del lugar también.
Mientras esperábamos nuestra comida, cliente tras cliente llegaba a la puerta de Albamonte y saludaba al hombre robusto detrás de la caja registradora antes de sentarse. Pronto los platos de rabas empezaron a salir rápidamente de la cocina. Pedí algunas (desoyendo las protestas de nuestro mozo, al que le preocupaba que después no fuéramos a comer nada.)
Cuando probé las rabas entendí porque eran tan populares (nota de mi compañera de aventuras a otros amantes de los restaurantes que van a un lugar popular por primera vez: si no estás apurado, quedate sentado observando a ver que pide la gente). Las rabas eran un clásico ejecutado a la perfección: bien gruesas y fritas al punto perfecto, livianas, crocantes y generosamente saladas.
Lamentablemente, el pesto sin nueces y la salsa de tomate dulzona le jugaban en contra a los excelentes fusilli (caseros y al dente).
Pero nuestros ravioles – montoncitos de ricota y mozzarella recubiertos de una masa delgada y acompañados por una brillante salsa de tomate con hierbas –cumplieron con nuestras expectativas y confirmaron que Antonio había estado en lo cierto al elogiar Albamonte.
Para cuando logramos devorar todo lo posible, todas las mesas del restaurante estaban ocupadas. Nos despedimos de nuestro mozo y le prometimos volver a un restaurante que se parecía al taxista que nos había llevado ahí: clásico, tradicional y silenciosamente fabuloso.
Volveremos para informarles de la pizza:
28/05/2008 – Posdata Pizzera
Antonio el taxista tenía razón. La pizza a la piedra de Albamonte muy probablemente sea la mejor de la ciudad. Hecha en un horno a leña, la masa se mantiene bien crocante debajo de generosas porciones de mozzarella y salsa de tomate bien fresca. A penas si podíamos sostener los cubiertos mientras cortábamos porción tras porción de esta pizza tan cercana a la perfección absoluta. Vayan a cenar y vayan temprano – aun los Martes, el lugar se llena de otros amantes de la pizza bien informados.
Ristorante Albamonte
Av. Corrientes 6735 (entre Maure y Olleros) – Chacarita
Tel: 4553-2400 / 4554-4486
Almuerzo: Jueves a Domingo 12-14.30 (no hay pizza para almorzar!)
Cena: Martes a Domingo 20-23:30
Nota: en caso de cortes de luz, el restaurant tiene su propio grupo electrógeno!