Taxi Gourmet - Layne Mosler

Déjà vu en Don Battaglia

-¿Quieren ir a un lugar donde yo iría a comer? – nos preguntó con incredulidad Alberto, el bigotudo conductor de Caballito cuyo taxi nos tomamos en plena Avenida Córdoba, en Villa Crespo.

Le aseguré que eso era exactamente lo que mi compañero de aventuras (un ex profesor de español de escuela secundaria de California) y yo estábamos buscando.

-Dejenme pensar. ¿Qué prefieren? ¿Parrilla? ¿Pasta? ¿Pizza? Adonde iría a comer yo, adonde…- se preguntaba en voz alta mientras nos adentrábamos en Palermo Viejo, – … ¡ah! A Don Battaglia, tienen buena comida y las porciones son muy abundantes.

-Ok…

-No es como esos lugares en Puerto Madero,- nos dijo, – pero se come bien y es accesible para nosotros, los locales. Yo suelo ir con mi familia los fines de semana.

Efectivamente, el comedor de Don Battaglia estaba inundado de familias, niños, parejas mayores y grupos grandes de mujeres disfrutando de un almuerzo de sábado.

Todo se veía curiosamente familiar: las ristras de ajo y los jamones colgando del techo, los manteles a cuadros rojos y blancos, el ladrillo rústico a la vista, el paté de hígado y los pickles, la canasta de focaccia y el aperitivo de vino blanco y sidra que el mozo nos ofreció mientras mi compañero de aventuras y yo estudiábamos un menú que incluía platos  cuyos nombres no presagiaban nada bueno: supremas acompañadas con crema de maíz, arvejas y ananá y pollo marroquí a la crema de curry.

Si bien era mi primera vez en Don Battaglia, tenía la impresión de haber probado los ingredientes de tan extraña fórmula en otra oportunidad…

Fuimos a la mesa de ensaladas, a llenarnos los platos con morrones y calabaza, berenjena en escabeche y ensalada taboulé. Mientras disfrutábamos nuestro festín de apetecibles vegetales, me dediqué a observar las escenas del restaurante que se repetían en los televisores de circuito cerrado montados en las paredes.

Apenas si habíamos terminado nuestras ensaladas cuando nuestro amable mozo Carlos nos trajo un plato enorme de bistecca di porco ripieno (una porción de unos treinta centímetros de longitud de lomo de cerdo relleno con panceta, queso provolone y puerro rodeado de batatas cubiertas en salsa blanca, champiñones salteados más puerro y ají y rebanadas de manzana asada). Alcancé a ver la expresión de alarma en los ojos de mi compañero al encontrarnos con semejante derroche de abundancia frente a nosotros.

-Si no les gusta,- nos dijo Carlos, -avísenme, y les traigo otra cosa.

Evidentemente, estaba convencido que nos iba a gustar.

Nos quedamos atónitos ante semejante arreglo sobrecogedor, sin saber muy bien por donde comenzar. Y de repente recordé donde había tenido un encuentro cercano con un plato atiborrado de similar extravagancia – en Los Chanchitos (una parrilla que había visitado en una aventura similar en Caballito, el pasado Junio). ¡Claro!

Don Battaglia contaba con la misma decoración, los mismos pickles y paté de hígado, y tenía un menú que también combinaba elementos dispares y elaboraba sus platos con la misma desconcertante ostentación.

Y, al igual que en Los Chanchitos, el sabor de nuestro plato principal era muy superior a su aspecto. La mezcla de lomo de cerdo, panceta y provolone era una bomba decadente que la manzana asada ayudaba a suavizar. Los champiñones estaban frescos y bien condimentados. Sin embargo la batata hubiera estado mejor sin la salsa blanca, que ya era la nota excesiva en la opulencia del plato.

Ardua y lentamente nos comimos tanto del lomo de cerdo con panceta y provolone como pudimos. Finalmente, Carlos tuvo que envolvernos la mitad que nos sobró para llevar a casa. Antes de salir, le pregunté si Don Battaglia tenía algún tipo de relación con Los Chanchitos.

-¡Sí! Tenemos los mismos dueños. Es un grupo de seis restaurantes en Buenos Aires. Hasta tenemos nuestra propia escuela de cocina.

Supongo que no debería haberme sorprendido tanto el hecho de que dos taxistas de dos barrios diferentes me hubieran llevado básicamente al mismo restaurante en dos días distintos. Cada vez que emprendo otra aventura culinaria se vuelve más evidente que muy probablemente termine en una parrilla, pizzería o restaurante de pastas  – y que la comida será buena y sencilla… pero no genial.

Quizás los taxistas de Buenos Aires no conozcan todos los secretos de la mejor cocina de la ciudad, después de todo. Pero quizás la comida no sea, de todas formas, el verdadero propósito de estas aventuras.


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