Taxi Gourmet - Layne Mosler
Chiquilín
Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Así es el estribillo de “Chiquilín de Bachín,” el conmovedor tango de Horacio Ferrer que habla de la desesperación de un chico de la calle en Buenos Aires. Hace dos generaciones, la canción inspiró (irónicamente) el nombre de una parrilla en la esquina de Montevideo y Sarmiento que atiende turistas y empresarios de buen poder adquisitivo.
Ferrer escribió la letra de Chiquilín en 1968. Lamentablemente, como tantos otros tangos que exponen el lado oscuro de la vida porteña, la imagen melancólica que pinta la canción sigue siendo una realidad para muchos habitantes de la ciudad. Enrique, el taxista de unos cincuenta años que nos tocó a dos amigos escritores y a mí en una tarde de viernes hace unos pocos días, es uno de ellos.
A diferencia de Chiquilín, Enrique no vive en las calles, no le roban los zapatos, y tampoco busca su desayuno cada aurora, en la basura. Pero indudablemente le cuesta sobrevivir en un país que alguna vez se enorgulleció de la fuerza de su clase media.
- Aprendí como engañar el estomago,- nos contó Enrique cuando le pedimos que nos llevara a su lugar favorito, – no como cuando estoy trabajando.
- ¿Aguanta diez horas sin comer? – le pregunté.
Se abrió camino entre los autos por Avenida Callao, todavía sin tener muy claro a donde nos llevaba.
- Me las arreglo con un café y una medialuna. Nada más. Salvo cuando los turistas me invitan a almorzar,- nos guiñó un ojo.
- ¿Quiere venir a almorzar con nosotros?
- No, no. Estaba haciendo una broma nada más,- dijo.
- Yo no,- le contesté.
- No, de verdad. Me cae mal comer pesado y pasarme horas en el auto. Pero gracias, igual.
A pesar de su ayuno autoimpuesto y trucos para engañar el apetito, Enrique había escuchado de un tenedor libre chino bastante barato en el barrio de Congreso. Accedimos a que nos llevara, y en el camino lo llenamos de preguntas.- Las cosas andan muy mal en Argentina, – nos dijo, – mucha gente dice que Kirchner esta haciendo un trabajo excelente, sacándonos de la crisis. Pero con esta inflación, muchos no consiguen vivir con un salario básico.
Enrique trabaja los siete días de la semana – de diez a doce horas – para suplementar su “vergonzosa” pensión y mantener a su familia de cinco.
- Antes manejaba camiones. Manejé por toda la Argentina,- nos contó. – Pero el gobierno me arruino el negocio. En el ´84 fue Alfonsín, en el 2002, De la Rúa. Lo perdí todo. Cada cuatro o cinco años me voy haciendo la idea que se viene todo abajo. Ha sido así toda mi vida.
Mis compañeros y yo asentimos sobriamente con la cabeza, avergonzados por lo frívolo de nuestra empresa en el contexto que Enrique describía.
- Ah, ¿saben qué? – dijo Enrique, rompiendo el silencio. – Hay muchísimos restaurantes buenos en calle Montevideo. Tienen el Palacio de la Papa Frita, Pippo, este barcito cubano… a ustedes, norteamericanos, seguro les gustaría. Y también tienen Chiquilín…
- ¿Cuál nos recomienda?
- Chiquilín, – nos dijo sin dudar, – nunca fui, pero dicen que es buenísimo.
- Chiquilín entonces.
Nos dejo en la puerta y se fue a toda velocidad, – mejor que me vaya pronto, ¡no sea cosa que no les guste!
Abandonamos la dura realidad del taxi de Enrique y entramos en la opulencia del comedor de Chiquilín. Manteles blancos, copas de vino, servilletas de tela y cubiertos de plata brillantes adornaban cada mesa. Una escalera de hierro forjado conducía al segundo piso del salón, destinado a los fumadores y cerrado con paneles de cristal biselado. Retratos originales de compositores y letristas de tango colgaban entre los espejos y los paneles de madera tallados a mano. En los estantes se veían largas filas de botellas de vino. Los jamones – marcados con su peso y la fecha – colgaban del techo alto, de unos seis metros de altura. Un buffet cuidadosamente arreglado – con vegetales a la parrilla, quesos, fiambres y cinco tipos de ensalada – publicitaba la abundancia en el centro del comedor.
Un mozo de chaqueta blanca apareció y nos condujo a una mesa cerca de la ventana, entregándonos a cada uno un menú encuadernado en cuero.
- Las carnes son nuestra especialidad, – nos dijo. – Nuestras pastas son buenas también, pero la gente en general viene a comer carne.
Procedió entonces a recomendar los cortes más caros (bife de chorizo, bife de lomo) y nos dejo para que decidiéramos. Negociamos y renegociamos durante nuestro recorrido por el largo menú y finalmente decidimos compartir el bife de lomo con verduras asadas y un plato de rabas a la provenzal.
Mientras esperábamos vimos como el restaurante empezaba a llenarse con hombres canosos en trajes oscuros. Para la una y media, no quedaba un asiento vacío en todo el comedor. Cuando probamos la comida, entendimos por qué.
Nuestro bife de lomo llegó sellado por las altas temperaturas y bien jugoso en su interior. Los vegetales (zucchini, zapallo, berenjena y zanahorias, con un poco de sal y aceite de oliva) eran sencillos, sabrosos y perfectos. Sin abandonar los buenos modales nos peleamos por los últimos pedacitos de calamar, remojándo cada bocado con avaricia en la mezcla de ajo y hierbas.
Aunque el pastel de manzana con helado que pedimos de postre (desafortunadamente salpicado con salsa de chocolate Hershey’s) nos resulto menos inspirador, todos estuvimos de acuerdo que la sugerencia de Enrique había sido perfecta. Y cuando nuestro mozo nos trajo la cuenta, que superaba los cien pesos, también estuvimos de acuerdo que Enrique probablemente jamás podría venir a Chiquilín a comprobar que tan acertada había sido su recomendación.
Chiquilín
Sarmiento 1599 (esquina Montevideo) – Tribunales
Tel: 4373 5163/4371 1652