Taxi Gourmet - Layne Mosler

Almuerzo con el Don

Me encontraba en la esquina de Alvarez Thomas y Avenida Elcano, justo frente a Don Lechón , el restaurante de barrio en Colegiales donde me había dejado Martín el taxista.

Reparé en el cartel gigante, coronado por un chancho sonriente con una boina roja. En el interior, las mesas estaban ocupadas por gente del barrio – parejas jóvenes y no tanto, grupos de oficinistas en horario de almuerzo, hombres solos de mediana edad hojeando el Clarín mientras comían. Alguna que otra alma rebelde había pedido asado o pasta. El resto estaba absorto en su plato de lechón.

En Argentina, el lechón es un plato por lo general reservado para ocasiones especiales. Es caro y difícil de preparar, por lo que tiene una participación estrella – aunque reducida – en el elenco de carnes de la nación. Si le mencionás el lechón a los locales, se les hace agua la boca al recordar la última vez que lo probaron. Martín el taxista es uno de ellos.

-Los ñoquis (de Don Lechón) son muy buenos, las lentejas también,- me dijo, sacándose los anteojos aviadores para mayor énfasis, -pero el lechón es excelente. Y no es tan fácil encontrar buen lechón en Buenos Aires.

Mantuve el contacto visual, tratando de hacerme la desentendida aunque me había dado cuenta para ese entonces que Martín había puesto el asiento del pasajero en un ángulo que ocultaba el taxímetro.

Pero luego de que rechazara su sugerencia inicial de llevarme a Pepe Cantina (un restaurante encantador donde él nunca había comido), el taxista treintañero con la sombra de una barba incipiente dio vuelta el tablero y comenzó a entrevistarme a mí.

¿Sobre qué escribís? ¿Dónde te gusta comer? ¿Bailás tango? ¿Vas a La Viruta?

Para cuando me dejó en Don Lechón, no había aprendido nada sobre el taxista. Solo sabía que le encantaba el lechón.

Mientras me abría paso rumbo a una mesa en la parte de atrás, trate de imaginarme a Martín con sus aviadores entre los chanchitos de adorno, los chanchitos dibujados en los posters y la pintura tamaño natural de una chancha en bikini (alias Doña Lechona) ubicada sobre la parrilla de su restaurante favorito.

En la mesa junto a la mía, un hombre de ojos azules y un pulóver escote en ve negro era el centro de atención mientras cortaba metódicamente un pedazo de bife. Los clientes se le acercaban para darle un beso en la mejilla pálida. Un rematador se le acercó para comentarle de un lugar nuevo. Saludaba a todos con una calidez con ciertos aires de superioridad, y les ofrecía Cabernet de Mendoza. En mi mente, lo bauticé el Don.

-¿Es el dueño? – le pregunté cuando se habían ido sus acompañantes.

-Sí,- me contestó, alcanzándome un vaso de vino. -¿De dónde sos?

Cuando le conté que era de California, consideró que era su deber educarme sobre la historia de Buenos Aires. Lo escuché con gusto. Fascinada, incluso.

-No hay otra ciudad con nuestra composición étnica,- dijo el Don, -tuvimos dos olas migratorias enormes. Una en 1880, la otra en 1910. En 1880, había apenas 400.000 personas viviendo en Buenos Aires; unos dos millones y medio de inmigrantes llegaron a la ciudad aquel año. ¿Te lo imaginás?

Sacudí la cabeza.

-Esto produjo un desorden tremendo,- continuó, -tenías distintas razas mezclándose como en ninguna otra parte. Árabes e israelíes. Griegos y armenios. Españoles e italianos. No había ningún patriotismo. A la gente le importaba más su país de origen que la Argentina. Siempre pensaban en el exterior.

-Por otro lado,- me guiñó un ojo, – gracias a tanta mezcla tenemos mujeres hermosas. Nuestras mujeres son las más hermosas del mundo. Y tenemos el mejor helado además.

No se lo iba a discutir.

-¿Sabés que vas a comer? ¿Pediste lechón, no?

Gracias a Dios que sí.

-¿Qué parte pediste?

Sin esperar mi respuesta, llamó al mozo con la mano (el mozo, como el resto del staff, tenía un chanchito bordado en el bolsillo del pecho) y le pidió que se fijara que me trajeran “un poco de todo”.

Una fuente metálica de lechón llegó unos minutos después, acompañada de unas rebanadas de limón. El Don fingía estar concentrado en la lectura del diario mientras yo le echaba unas gotas de limón a los cortes bien calientes de matambre y riñonada.

Probé el primer bocado. Bien tierna cerca del hueso, húmeda y cocida al punto justo, la riñonada casi se me disolvía en la boca.

Después probé el matambre, que escondía una capa de grasa entre la carne y el pellejo crujiente. Sexy y excesivo, el festín de cerdo era tan voluptuoso como Doña Lechona en su cartel. ¿Asado? ¿Qué asado?

-¿Vas a pedir postre?- me preguntó el Don, -hacemos buen tiramisú.

-¿Usan mascarpone de verdad?

-Sí, sí, tiene mascarpone, – me dijo, apartando la vista, -pero la gente no sabe si tiene mascarpone o no. Lo importante es que les gusta.

Con perdón del Don, elegí saltearme el postre.

En cambio, me fui del restaurant con dos chupetines en la mano, con el sabor del lechón en la lengua y genuina gratitud en el corazón. El Don había sido más que generoso. Y Martín, el taxista amante del lechón, había sido muy sabio al conducirme hacia él.

Don Lechón
Avenida Elcano 3607 (y Alvarez Thomas) – Colegiales
Tel: 4555-5846
Abierto todos los días de 12pm-3.30pm y 8pm-medianoche (1.30am los fines de semana)


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