Taxi Gourmet - Layne Mosler
¡Que coman carne!
El almuerzo de domingo en Buenos Aires, como en el resto del mundo latino, es un ritual familiar, bien amado y propenso al exceso. Pero en este domingo en particular, los locales se entregaron a la tradición con aun más pasión de la usual.
Luego de tres semanas de desabastecimiento como consecuencia de la protesta nacional de los productores del campo contra los impuestos a la exportación propuestos por el gobierno, los líderes del campo suspendieron el paro. En este día, las estanterías de los supermercados y los restaurantes estaban repletos de carne otra vez.
El taxista Antonio, que llegó a Buenos Aires desde Nápoles cuando tenía 14 años, estaba decidido a incluirnos a mis amigas extranjeras y a mí en esta celebración de la abundancia (aunque más no fuera a corto plazo).
Nos tomó unas cuadras hacerle entender al conductor bajito y moreno que no, no queríamos ir a un restaurante a la moda en Las Cañitas, pero sí queríamos ir a algún lado que él hubiera visitado antes, algún lugar con platos excelentes, un lugar que solo los locales conocieran.
Mientras negociábamos nuestro destino, nos preguntó con su cadencia musical y acento italiano de dónde veníamos.
Cuando admitimos que éramos todas norteamericanas, nos contó que tenía parientes en Toronto y Montreal. Su expresión ceñida se relajó poco a poco.
-¿Qué hacen por acá?
-Vivimos acá,- le dijimos.

-¿No están de paseo nada más?- golpeó el volante y sacudió la cabeza, -¡espero que se consigan tres novios argentinos!
-Nosotras también,-se rió mi amiga canadiense.
En ese momento, Antonio decidió adonde nos llevaría.
-La traje a mi mujer a almorzar a este lugar hace unas semanas,- nos dijo. –Es todo bueno.
-¿Extraña la comida napolitana?- le pregunté.
-Sí. Extraño la pasta, pero ya me acostumbré a como la preparan acá. Pero la carne… la carne acá es exquisita.
Inmediatamente, Antonio detuvo el taxi frente a La Gran Hollywood.
Todavía sintiendo la calidez de nuestro taxista italiano, le echamos un vistazo a las mesas de la vereda de lo que aparentaba ser una sencilla y firmemente local parrilla de barrio. Con bifes bailarines pintados en las ventanas.
Era casi el punto cúlmine del almuerzo dominguero, y porteños de todo tipo empezaban a ocupar las mesas de adentro y afuera: parejas jóvenes y viejas, abuelos con sus hijos y nietos, incluso un veinteañero que comía solo con los auriculares puestos.
Estudiamos el menú a la sombra del toldo verde del restaurant, rodeados del aroma de la carne en el asador, los sonidos del chismerío animado, las parrilladas en cada mesa con bifes y achuras apiladas, y el toque perezoso de la brisa dominguera.
Nuestros paladares extranjeros estaban preparados.
Desafortunadamente, la empanada de carne que inauguró nuestro festín fue un presagio de la comida poco condimentada y demasiado cocida que nos esperaba.
El cuadril que había pedido tenia la textura de una llanta y el sabor de un trapo sucio; la bondiola de cerdo de mi compañera canadiense estaba un poco mejor; la salvaba la grasa y unas gotas de limón.
El jamón, huevo frito, aceitunas negras, tomate y morrones del chivito de mi amiga de Nueva Jersey tapaban a la carne seca en corazón del plato.
Pero las papas fritas que acompañaban al chivito – bien crujientes y delgadas como las de McDonalds – eran de las mejores que había probado en mi vida; notamos que nuestros vecinos pedían platos enteros de ellas.
Ante la decepción que nos supuso nuestra aventura carnívora, esperábamos con ansias la llegada de los morrones a la parrilla que, se suponía, iban a ser nuestra entrada.
-La parrilla está llena,- nos explicó nuestro mozo, -no hay lugar para sus morrones en este momento.
Tomamos sorbos de nuestro Malbec y esperamos un rato más, ojeando las porciones bien calientes de provoleta que los mozos hacían circulaban por el comedor.
-Se ve muy bien,- observó mi compañera canadiense, -y acompañaría los morrones que pedí.
Asentimos con la cabeza y llamamos al mozo, decididas a rescatar a nuestro almuerzo de la mediocridad.
-Miren,- nos dijo. –No podemos hacer los morrones. Nos quedamos sin los adobados así que tendríamos que ponerlos frescos en la parrilla y con el calor que necesitamos para la carne, se quemarían.
Preferimos no discutir con su dudosa lógica, resignadas a que sencillamente no había lugar para los vegetales ahora que la Metrópolis de la Carne se recuperaba del paro del campo.
-Discriminaron a nuestros morrones,- acoté.
Pero aun así le estábamos agradecidas a Antonio por ofrecernos un íntimo vistazo del alma carnívora de un domingo porteño.
Parrilla al Carbón
Bonpland 2205 (y Guatemala)
Tel: 4773-3580
Abierto todos los días 10:00 am – 2:00 am