La Guerrilla Culinaria - Lionel Kleiman

Bereber – La segunda es la vencida

Hacía ya varios años que no pisábamos este lugar ya que la última experiencia no fue tan buena y, dado el valor del cubierto el resultado era una combinación de negativas.

Llegamos y por suerte había lugar, hecho que me hace reflexionar sobre la verdadera crisis de la que se queja la gente. El lugar es mediano; dispone de un sector de almohadones y mesas bajas (donde nos tocó estar) que es recomendable preferentemente para las personas que van con ropa cómoda (le falta un perchero o lugar donde poder colgar las cosas. Por otro lado tenemos el salón, un poco más iluminado, más ruidoso que el sector anterior. Disculpen si las fotos no se ven realmente bien, pero la cantidad de luz de este lugar no era la mejor, ni siquiera para alguien con buena visión.

El mozo resultó ser un genio, al menos el joven que nos tocó sabía recomendar porque había probado todos los platos, característica importante de la que no se suelen ocupar los dueños de los restaurantes. La panera vino con pan árabe (el cual estaba debajo del resto del pan así que lo encontramos al final de la cena, y con un pan picante, extraño, ya que no era muy sabroso pero sí picaba.

Los platos son bastante grandes y, por los comentarios de conocidos, los postres eran el fuerte de la casa, por lo tanto no pedimos entradas y decidimos arrancar con un plato cada uno. Caro se pidió el Kabab Naa Naa ($55), unos brochettes de carne (a point, osea medio rosaditos) marinados con miel y menta, de los cuales se sentía más el sabor a la menta que a la miel, junto con una ensalada de berenjena frita bañada en limón, almendras tostadas y peladas, tomate fresco y perejil. El plato estaba muy bueno, más de temporada veraniega porque la ensalada era super fresca.

Por mi lado me pedí el Cous Cous Imperial ($45), un cous cous muy bien hecho, con 2 patas de pollo y un mulso, sumado a duraznos confitados, cebolla y un par de sabores intensos pero no invasivos. Dentro de los platos que me podía pedir, creo que volvería a pedirme el mismo. Lo traen junto a una cazuelita de caldo para rehidratar el cous cous (según el gusto de cada uno) y un bol con picante, para dosificar el cous cous.

El que armó la carta de vinos no se esmeró mucho, porque la variedad no era muy buena, y los vinos simples estaban relativamente caros, por lo que terminan obligándolo a tomar otra bebida o un vino más caro. No hay vinos por menos de $40 la botella, siendo además vinos mediocres, que valen 3 a 4 veces menos en góndola, lo que no deja una buena imagen. A esta altura pedimos un trago (Ajdar – $20) con manzana verde, ron y vino blanco, muy bueno, muy rico.

A la hora de los postres se hace complicado elegir, esta vez (porque pensamos volver) elegimos el Suklat ($23), un volcán de chocolate que venía junto con higos pasas y un tuille (“teja” en francés; forma cheta de llamar a esas decoraciones con aparatosas que le dan altura al plato) de chocolate amargo, junto con una bocha de helado especiado y frutos rojos. La verdad, increíble. Punto y aparte, pedimos disculpas ya que la desesperación por comer algo dulce después de una cena tan especiada, nos jugó en contra y no le sacamos foto.

En resumidas cuentas, Bereber es un restaurante interesante, se come bien, pero tiene algunas cosas para mejorar. La atención y los platos son el fuerte de un restaurante marroquí de buen nivel, con un ambiente que sólo está a la altura por la decoración pero le faltaría mejorar la acústica y la distancia entre las mesas. La carta de vinos no es buena, y la variedad de cervezas podía ser mejor en un restaurante donde los platos merecen un buen maridaje con cervezas ales de trigo o lager pilsen bien lupuladas de sabores frescos que barran con tantas especias locas en nuestra boca. Muy bien por la opción del Café Nespresso Marroquí ($9), el cual fue el mejor café que tomé en Argentina.

Evaluación
Cocina: Inmejorable
Ambientación: Muy Buena
Atención: Excelente

Precio: $95 por persona (25 U$S aproximado)
Ideal: Parejas, romántico.


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